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El camino
andado por la joven democracia española tras la dictadura franquista
ha estado salpicado por casos de corrupción desde su nacimiento. En
los últimos meses estamos asistiendo, día tras día, a la
visualización de un recrudecimiento de esta práctica perversa en
todos los rincones del Estado, aunque, para desgracia nuestra,
Canarias ocupa el lugar de cabecera.
Cada vez que se
produce un descubrimiento de corruptelas se suceden en cascada
rimbombantes declaraciones de intenciones desde los ámbitos de la
política, la justicia y los medios de comunicación -¡que bonito
queda lo de la tolerancia cero!- que se quedan en mera desiderata
hasta que, pasado un tiempo y descubiertos nuevos casos, se vuelve a
abrir el melón de las “buenas” intenciones. Es lo que ha pasado en
estos días con las manifestaciones del ministro de Justicia o la
vicepresidenta Fernández de la Vega, que han coincidido en demonizar
a los municipios proponiendo cambios en la legislación del suelo y
en los contratos, convenios y licencias de obras públicas en el
marco de los gobiernos locales, o la contraofensiva que anuncian el
PP y el PSOE proponiendo una revisión de la Ley de financiación de
los partidos políticos, aprobada apenas hace dos años, y la firma
del pacto local que garantice los recursos de los ayuntamientos, sin
que nadie apunte a la raíz del problema que no es otra que el
sistema económico sobre el que se sustenta nuestro modelo de
desarrollo y nuestro modelo político.
Efectivamente,
tras la cortina de humo que supone el aviso de cambios de cara a la
galería que después no se producen, se encuentra latente el
neoliberalismo brutal que propició la burbuja inmobiliaria, la
mitificación del dinero como valor absoluto, el saqueo de la banca,
la terrible crisis que estamos viviendo y uno de los grandes déficit
de esta democracia: la financiación insaciable de los partidos
políticos -de sus aparatos y sus sofisticadas campañas- sustentada
en una peligrosa relación con los poderes económicos que se
convierten en auténticos gobiernos en la sombra.
Ya he citado en
alguna ocasión al neoliberal Moisés Naim, director de Foreign Policy,
que afirma que “la guerra contra la corrupción está minando la
democracia. Pretender restringir la cultura del soborno y la
codicia…es una ilusión paralizante”. Pero no es él solo. El profesor
Ignacio Labaqui (Las causas de la corrupción: un estudio comparado)
cita a polítólogos y apologistas del neoliberalismo como Samuel
Huntington, Nathaniel Leff y John Girling que han señalado que, bajo
ciertas circunstancias, la corrupción genera efectos benéficos para
la sociedad porque permite una mayor movilidad social en sociedades
rígidamente estratificadas; promueven en sociedades altamente
reguladas, que los empresarios compitan, mediante el pago de
sobornos y, también, eliminan la violencia política al producirse un
reparto del botín entre los grandes partidos del gobierno y
oposición…También Felipe Sahagún cita al economista Francis Lui que
no duda en afirmar que “los sobornos reducen el tiempo que se pierde
esperando decisiones de la Administración”. Uff.
Es lo que hay. No nos engañemos. Manuel Villoria, profesor de la
Universidad Rey Juan Carlos (La corrupción en España: unos apuntes)
nos habla también de cómo el Índice de Fuentes de Soborno, de
Transparency Internacional, sitúa a este país en un lugar destacado
en el ranking mundial de las naciones más desarrolladas cuyas
empresas pagan sobornos en países extranjeros para obtener negocios;
de cómo en España no existen sistemas de protección a los
denunciantes de casos de corrupción tanto en la actividad pública
como en la privada; de la laxitud de las leyes españolas para
controlar el blanqueo de capitales y de que la posibilidad de
implantar la Convención contra el Soborno de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) es difícil. “En
concreto, de acuerdo con fuentes del Servicio Ejecutivo de
Prevención del Blanqueo de Capitales, las comunicaciones de
operaciones sospechosas en España son de las más bajas entre los
países desarrollados, y la colaboración de ciertos profesionales en
la denuncia es prácticamente nula”. También en los Indicadores de
Buen Gobierno del Banco Mundial se afirma que en España no se ha
hecho nada por frenar la corrupción desde hace algunos años y que
sólo nos encontramos por delante de Italia, Grecia y Chipre.
En el Índice de
Corrupción Urbanística de TI, España ha descendido seis puestos en
el último año, “con una inquietante tendencia a la baja” según su
presidente Jesús Lizcano.
Y detrás de todo
ello la financiación de los partidos políticos. Para el magistrado
Santiago Torres, el primero que envió a Jesús Gil a la cárcel, “la
corrupción urbanística, aquí y en toda Europa, es la cara oculta de
un sistema de financiación ilegal de partidos políticos”. Según el
profesor de la Universidad de Navarra, Antonio Argandeña (La
financiación de los partidos políticos y la corrupción en las
empresas) la financiación de los partidos se ha convertido, a
menudo, en una causa de corrupción, principalmente en dos sentidos:
porque se utilizan sus aportaciones para obtener ventajas legales e
inmorales (soborno) o porque desde los partidos o candidatos se
presione a los donantes para pedirles dinero a cambio de no hacerles
daño o propiciarles un beneficio (extorsión). Y detrás de todo ello
las ominosas condonaciones de deudas de los bancos a los partidos,
tratadas como una inversión negociada -se habla también de una
condonación de deuda hasta de la SGAE-, o la tolerancia legal del
Tribunal de Cuentas que sólo castiga la financiación ilegal con una
multa económica, que puede pagarse a plazos a través de las
subvenciones públicas.
Pero claro, nada
de esto parece que suceda. Que va. Todo se circunscribe a los
ayuntamientos, porque se toma como excusa que unos cuantos
descerebrados, una minoría entre los cargos electos de más de ocho
mil municipios, participan en el juego sucio de cobrar y quedarse
con una parte de la comisión. Es una vuelta de tuerca más al intento
de tratarnos como imbéciles.
Sin embargo la
realidad abre abismos preocupantes entre la democracia formal y los
ciudadanos de a pie. Lo demuestran los últimos datos de TI donde los
españoles creen que los partidos políticos son la institución más
corrupta o la última encuesta del CIS donde se señala a la clase
política como uno de los principales problemas de España, por encima
del terrorismo. La crisis, los niveles de pobreza y paro y los
índices de corrupción conforman un peligroso cóctel de alcance
incalculable. Ahora, más que nunca, la Justicia debe ser ágil e
independiente y debe castigar con toda la dureza del mundo a los que
traicionan la confianza ciudadana, así como evitar linchamientos
públicos y mediáticos que sitúen en un segundo término la firmeza de
lo juzgado, porque lo contrario es alimentar un populismo
peligroso.
La desmotivación
ciudadana, el desapego de lo público, el alejamiento de las urnas,
requiere un gran pacto de Estado, que sustituya la partitocracia
derivada en una peligrosa connivencia de lo público y el mundo de
los negocios y reivindique la dignidad de la política, con
mayúsculas. El riesgo al que se está sometiendo a esta democracia es
superlativo. Para ello se hace necesaria una auténtica separación de
poderes, un compromiso firme por la lucha contra la corrupción, por
la transparencia en la financiación de los partidos y por un nuevo
modelo socioeconómico. Pero por encima de todo, la ciudadanía como
valor supremo, que debe tomar las riendas, alejarse del voto cautivo
o de la deserción de las urnas. Como dice el escritor Bernardo
Kliksberg “cuanto más equitativas las sociedades y mayor
participación de las mayorías, en educación, salud, información e
incidencia en las decisiones, mejor podrán vigilar, y protestar, y
menor será la corrupción”.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Corrupción, esa lacra.
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