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Antonio Morales Méndez (*)
En el último programa de TVE de “Tengo una pregunta para usted” en
el que intervino José Luis Rodríguez Zapatero, un joven del público
le trasladó una pregunta que le produjo un enorme desconcierto. En
pleno debate sobre la intervención cruel y desproporcionada de
Israel sobre Gaza, la pregunta sobre la contradicción que suponía el
apoyo a Palestina y la venta de armas al Estado judío, hizo que el
presidente trastrabillara y errara en la respuesta al plantear que
España solo vendía armas a ese país por un millón de euros y que en
cualquier caso no eran utilizadas para atacar a los palestinos.
La realidad es que la respuesta no era, en ningún modo, cierta: sólo
durante el primer semestre de 2008 España vendió a Israel más de 1,5
millones de euros en armas, aumentando considerablemente su
aportación a la dotación armamentística israelí.
En un país que salió masivamente a la
calle para denunciar la invasión de Irak por Estados Unidos y que ha
expresado en múltiples foros su voluntad de contribuir a la paz de
este planeta –la propia ministra de Defensa Carme Chacón ha
declarado que “soy una mujer pacifista y el ejército también es
pacifista”- los hechos demuestran que el Gobierno español es víctima
de una clarísima incongruencia.
Según un informe presentado por el
Gobierno al Congreso de los Diputados, la venta de armas por parte
de España creció de 400 millones de euros en 2004 a 933 millones en
2007. De esta manera España se ha convertido en la octava potencia
mundial en venta de armas, lo que significa que participa con el
2,19 % en las exportaciones mundiales y con sólo un pírrico y
prescindidle 0,51% del PIB.
Lo cuestionable y censurable son los
modos, las prácticas y los usos derivados de este comercio que hace
que una gran parte de la producción de armas de España (el 35%) se
venda a países incursos en guerras civiles o tribales y a países que
emplean más recursos al gasto militar que al desarrollo humano y a
políticas sociales. Juzguen ustedes mismos al comprobar una parte de
la relación de los estados a los que nuestro país vende sus armas:
Marruecos (200 millones de euros), Israel, Pakistán, Irán, China,
Cuba, Ghana, Colombia, un amplio espectro del África subsahariana y
Sudán, un país contra cuyo presidente acaba de dictar orden de
detención la Corte Penal Internacional por crímenes contra la
humanidad.
El Congreso de los Diputados español
aprobó en diciembre de 2007 la Ley de Comercio de Armas que prohíbe
que las armas españolas “puedan ser empleadas en acciones que
perturben la paz, la estabilidad o la seguridad, puedan exacerbar
tensiones, o puedan ser utilizadas de manera contraría al respeto
debido y la dignidad inherente al ser humano”, algo que, por
supuesto, se incumple flagrantemente. Para Amnistía Internacional,
casi el 40% de la exportación española de armas está destinada a
países que no respetan los derechos humanos.
¿Acaso los estados que facilitan
armas a Israel, que las utiliza en sus prácticas genocidas, o los
que suministran armamentos a dictaduras y regímenes totalitarios no
se convierten en cómplices de hecho de estos bárbaros?
Varias ONG (Intermon Oxfam, Amnistía
Internacional y Greenpeace, entre otras) han denunciado igualmente
que España viola de manera contundente el código de conducta de la
Unión Europea sobre venta de armas, que dice que no se debe
autorizar su venta a ciertos países con conflictos armados que
violan los derechos humanos; que no impiden el riesgo, por la falta
de control posterior, de desvío a terceros países; que violan el
compromiso internacional en cuanto a sanciones y embargos y que
violan la compatibilidad del gasto en defensa y armamento con el
cumplimiento de los servicios sociales básicos.
Dentro del propio Estado, los
mecanismos de control fallan ostensiblemente y así se constata que
no coinciden los datos oficiales del Gobierno con los de la Agencia
Tributaria a través de sus registros de aranceles y tampoco con el
Registro de Armas Convencionales de Naciones Unidas.
Y como siempre el poder económico
detrás, agazapado pero muy presente, controlando y muchas veces
dirigiendo las prácticas políticas y condicionando las decisiones
fundamentales derivadas de compromisos públicos, como los expresados
por José Luis Rodríguez Zapatero, de hacer posible la desaparición
de las terribles y temibles bombas racimo que todavía siguen
sembrando de mutilaciones y muertes tantos rincones de la Tierra.
Así aparecen, detrás de todo esto,
importantes industrias como CASA, Izar ,Saga, Indra, Santa Bárbara,
Instalaza, INTA, Numarin, Explosivos Alaveses; suministradores como
Alcatel, Telefónica, Siemens…; y la Banca, siempre la Banca que
tiende sus tentáculos y financia y obtiene beneficios importantes de
la venta de las mortíferas bombas racimos y otras.
El presidente del BBVA, Francisco
González, ha reconocido en una asamblea de accionistas la
participación del banco en el negocio de las armas y ha afirmado que
su política es reducirla, aunque supeditada a que el resto de
entidades financieras tomen posiciones similares y se refiere claro
a entidades como el Santander, Caja Madrid, Caja Castilla La Mancha,
Caja San Fernando, Bilbao Bizcaia Kutxa, Ibercaja, Banesto, Banco
Sabadell, Banco Pastor, Banco Zaragozano......
Lo cierto es que, tras todo esto,
vivimos cada día una realidad que nos señala decenas de conflictos
armados en distintos rincones del planeta, que hace que cada año
mueran de media más de 300.000 personas en guerras de distinta
índole y más de 200.000 asesinados en países con alto grado de
violencia social y criminal.
Permítanme que termine este texto con
parte de la intervención de Gervasio Sánchez al recibir en mayo del
2008 el premio Ortega y Gasset de fotografía convocado por el
periódico El País: “Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo
natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el
gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo
otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersona: la
mozambiqueña Sofía Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto
a su hija Alía en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de
las víctimas , pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la
incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas,
el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña
colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima
de una explosión a los ocho años.
Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a
los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de
dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la Universidad.
Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que
ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.
Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos
roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna
pálida de Kewji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por los campos
de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el
nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy
dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de las minas y al
desminado.
Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el
inicio de la transición encabezados por los presidentes
Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María
Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten la venta
de armas españolas a países con conflictos internos o guerras
abiertas.
Es verdad que en la anterior
legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo
tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y
que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo
comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersona.
Es verdad que me siento escandalizado
cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de
batalla del Tercer Mundo y que me avergüenzo de mis representantes
políticos.
Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de
la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño:
que, por fin, un presidente de un Gobierno español tenga las agallas
suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que
convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la
muerte".
(*) Antonio Morales
es Alcalde de Agüimes.
Imagen:
Sofía
Elface Fumo junto a su hija
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