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Antonio Morales Méndez (*)
Es
descorazonador, terriblemente descorazonador, que con la que nos
está cayendo (somos la comunidad autónoma con el porcentaje más alto
de parados, la de mayor fracaso escolar, la segunda en no aplicar la
Ley de Dependencia, la del vagón de cola en energías renovables...)
nuestras instituciones y muchos de sus representantes –fruto de la
depravada conjunción de intereses políticos y empresariales que se
ha instalado en nuestra tierra en los últimos años- se encuentren
utilizando la mayor parte de su tiempo, durante meses y meses, en
ensayar todas las fórmulas posibles para salvarse de la acción de la
justicia, en vez de ocuparse de gestionar lo público con rigor,
solvencia y transparencia, que es lo que deben hacer.
A
nivel estatal el Partido Popular anda sacudiéndose a la desesperada
de la que se le viene encima en Valencia, Madrid y ahora por último
con la financiación ilegal de su partido a través de Fundescam con
la participación fraudulenta de lo más granado de la cúpula
empresarial. Aquí, en Canarias, desde hace algunos años venimos
asistiendo a unas maneras de hacer y entender la política por parte
de este partido conservador que chocan, en muchos casos, con la
legalidad vigente y, en otros, con la ética que debe presidir el
noble ejercicio de la política entendida como servicio público y no
cómo servirse de lo público para satisfacer egos, ambiciones,
clientelas y mantener saneadas cuentas.
Con la
llegada de José Manuel Soria a la presidencia del Partido Popular,
al gobierno del ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria, al
Cabildo Insular de esta isla y al Ejecutivo canario, la ristra de
corrupciones presuntas o certeras, el nivel de crispación, de
prepotencia y de desprecio al contrario y la siembra de dudas sobre
la democracia y las instituciones que garantizan su funcionamiento
han sido los protagonistas de los últimos años de la política
canaria.
Desde
su gestión en el Ayuntamiento de las Palmas de Gran Canaria nos
empezamos a familiarizar con los titulares de periódicos que nos
hablaban de La Favorita, el Canódromo, el solar de Pavía, el caso
Churruca, la acusación de Luis Hernández de recibir trescientos
millones de un importante constructor, la acusación de Marino Alduán
de una operación urbanística fraudulenta en Las Mesas para
beneficiar a un familiar… Daba la sensación de que muchos curraban
contra corriente.
Con
la llegada al Cabildo grancanario, con su guardia pretoriana y su
escenificación palmaria de que estaba como mínimo seis escalones por
encima de cualquiera de los habitantes de esta ínsula bananaria,
vuelven a llover movidas singulares que vuelven a su vez a
protagonizar las secciones de los escándalos y la mala vida de los
medios de comunicación.
Así,
empieza a hacerse público el enorme escándalo del concurso de la
energía eólica, que pasó a llamarse el Caso Eolo, sí el mismo que
tanto daño ha hecho a Canarias y que nos ha situado a la cola en
generación de energías renovables. Al tiempo comienzan a destaparse
los casos Isolux, Brisan en Santa Brígida, Góndola en Mogán , Faycán
en Telde y las irregularidades en el Patronato de Vivienda
“Francisco Franco”. Es el momento de la Gran Marina, de los recibos
peculiares del alquiler de su casa y la retirada de Megaturbinas de
la realización de un gran parque eólico en Arinaga mientras, por las
mismas fechas, la Autoridad Portuaria abría camino al empresario
Esquivel, su casero, a una concesión que le podría haber hecho
titular de uno de los parques eólicos más rentables del mundo. Es el
momento también del caso Salmón y todas sus secuelas hasta hoy. Por
estos predios la avanzadilla era Rodríguez de Vivar que, desde
Europa, pretendía conquistar el mundo.
Desde su cargo en la vicepresidencia del Gobierno de los canarios la
situación no se ha atemperado. A principios de este año, su otro
aliado en tantas prácticas y querencias, Domingo González Arroyo, lo
reta a un debate público y lo acusa directamente de su
participación en los casos Tindaya y Tebeto, unos asuntos que han
hecho un enorme daño a las arcas del Gobierno canario. Le amenaza el
Marqués de las Dunas con “ponerlo todo sobre la mesa” y con “algunas
cosas más que todavía no han salido a la luz”.
Mientras esto sucede, mientras algunos casos se dilucidan en los
tribunales o en el Parlamento, en una huída a la desesperada, en una
vuelta de tuerca más al potro de tortura de la credibilidad de la
democracia y sus instituciones, el vicepresidente de todos los
canarios, una de su más altas representaciones, comienza a aventar
el estiércol y a acusar a diestro y siniestro a jueces y policías y
a grabar, o permitir que se haga, para luego utilizarlas,
conversaciones privadas entre él y uno de los imputados en uno de
los tantos procesos judiciales que tienen abiertos él, muchos de su
cargos institucionales y algunos militantes de su partido.
Jamás
en estos últimos treinta años de democracia se habían vivido en
Canarias momentos tan graves de degradación política. Jamás se había
puesto en Canarias de esta manera, a los pies de los caballos, un
sistema democrático que requiere responsabilidad, mesura y buen
gobierno de sus representantes institucionales. Nunca habíamos
vivido momentos de crispación, de irresponsabilidad y desgobierno de
lo público como los que ahora estamos padeciendo.
Y
cuando esto sucede, cuando se ponen sobre la mesa acusaciones
públicas de delitos flagrantes o cuando se constata que no estamos
ante hechos aislados sino que se producen acciones concatenadas,
dimanantes de los mismos ámbitos de la actuación política, asistimos
sorprendidos a un sistema judicial que parece mirar para otro lado.
Como dice Alejandro Nieto en “El desgobierno judicial”, que ya he
citado en otras ocasiones: “el juez espera pasivamente la excitación
del fiscal y éste es el último que se entera y, si está enterado,
espera a su vez las instrucciones de sus superiores”, y es que
claro, también he hecho referencia a ello otras veces, no es lo
mismo actuar contra un mindundi que contra un señor que, desde los
círculos de poder puede quitar y poner a fiscales, ascender a
magistrados y controlar a sus órganos de control. Y que conste que,
llegados a este punto, a mi no hay nada que me haga más daño que la
generalización perversa de meter a todos los políticos en el mismo
saco y, por tanto, me siento absolutamente obligado a decir lo mismo
de los jueces, de los que afirmo que su inmensa mayoría hace
filigranas para hacer su trabajo con dignidad, sorteando la escasez
de medios y las presiones paralizantes.
Así y
todo no es para echar en saco roto el Informe Global de
Competitividad que edita el Foro Económico Mundial, publicado el
pasado 8 de octubre. En él se analiza la independencia judicial en
el mundo y señala con claridad que, de un total de 134 países
estudiados, España ocupa el puesto número 56, por detrás de países
como Egipto y Arabia Saudí y justo por delante de Nigeria.
Si
estamos ante acusaciones falsas y hay un montaje por parte de la
policía, el PSOE y algunos jueces, se trata sin duda de un hecho
gravísimo, de lesa democracia, digno de la peor de las dictaduras y
que habría que desenmascarar y juzgar.
Si
las acusaciones son ciertas, y se siembran dudas sobre la
honestidad, la profesionalidad y la salvaguarda del Estado de
Derecho, estamos igualmente ante un hecho grave y peligroso que
debilita al sistema democrático y sus órganos de control.
En
cualquiera de los casos habría que actuar urgentemente y llegar
hasta el fondo del asunto. Otra cosa en que alguien se atreva.
Esto
es gravísimo para un Estado de Derecho, desde luego, pero más me
parece que lo es el constatar que cada vez el desencanto y el
desapego de lo público que tiene la ciudadanía es mayor. Que hay una
parte de la sociedad que acepta esta descomposición sin traumas y
sigue votando a los mismos y existe otra parte que se aleja de la
política, de los políticos y de las urnas con el mayor de los
desprecios y las decepciones. En los dos casos sale victorioso un
sistema ultraliberal que persigue como objetivo último debilitar a
los estados y a sus gobiernos y desarmar al poder ciudadano. Así, de
esta manera, toma las riendas sin control de la gobernanza mundial.
No es otra cosa lo que esta sucediendo, y aquí en Canarias tiene
buenos peones.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: El vicepresidente de todos los canarios en el
TSJC
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