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En las últimas semanas, a medida que avanza la crisis y el
Gobierno va adoptando medidas que recortan libertades y derechos
sociales para contentar a los mercados, muchos medios de
comunicación parece que se han puesto de acuerdo para hacernos
llegar una ristra de encuestas acerca de la intención de voto de
los españoles. De sus lecturas cabe hacer diversas valoraciones,
algunas de ellas muy preocupantes, como las que se refieren al
alejamiento de las urnas de un porcentaje importante de
ciudadanos que muestran de esa manera un profundo desafecto por
la política, o el suspenso generalizado de los votantes a los
políticos más representativos, expresión nítida de un rechazo
hacia ellos que no podemos convertir en mera anécdota. Pero lo
que más me ha llamado la atención es la notable subida del PP en
la estimación de votos –en algunos de los sondeos llega a
superar al PSOE hasta en ocho puntos, lo que les hace rondar la
mayoría absoluta- a pesar de que la mayoría de los hombres y
mujeres encuestados desaprueban la gestión de Zapatero y de
Rajoy –auténticos responsables del descontento social- en un
porcentaje muy alto y de que este último concita un altísimo
nivel de desconfianza.
Del aumento
de la intención de votos hacia el PP, que conduce de hecho a una
alternancia vacua, continuista y devaluadora del sistema
democrático quiero hablarles hoy precisamente en este texto. Me
resulta especialmente frustrante que un partido envuelto en
casos de corrupción – nadie duda de que Gürtel no es sino la
punta del iceberg de su financiación irregular-, con un líder
pusilánime, sin una propuesta ante la crisis más allá del “no a
todo” y del enfrentamiento sin límites, con un pasado de praxis
de gestión ultraliberal que facilitó, para hacer caja y cumplir
con su doctrina, la privatización de importantes recursos del
Estado como la banca pública, las eléctricas, telefónicas, etc,
poniendo después al frente de ellas a correligionarios, y que
arropó la burbuja inmobiliaria creando un gigante con pies de
barro causante del mayor número de parados en estos momentos,
que aplica allí donde gobierna las tesis de que lo público está
devaluado y que por tanto hay que seguir privatizando la
sanidad, la educación y otros servicios públicos, que sólo ha
cimentado su crecimiento en el descrédito del adversario…, sea
el llamado a suceder al PSOE en la intención de votos de los
españoles.
No cabe la menor duda de que la izquierda representada por el
Partido Socialista ha claudicado. Como ha escrito Paolo Flores
d’Arcais, “una izquierda que hace política de derechas sólo
sirve para preparar el regreso del original”, y la
socialdemocracia se ha “doblegado ante esta mundialización”.
Para Jacques Delors la derecha “no olvida jamás quiénes son sus
electores (…) y cuando le conviene utiliza los conceptos de la
izquierda. De manera que la izquierda ya no es dueña siquiera de
su propio vocabulario. Debe esforzarse en recuperarlo” ¿No les
suena todo esto a cuando hace poco escuchábamos a Cospedal
diciendo que el PP era el partido de los trabajadores? Puro
populismo de lo más barato.
Pero más allá
de todo esto, sin ningún tipo de dudas estamos ante la
constatación de que un sistema bipartidista, auspiciado por
estos dos grandes partidos, con el apoyo de los más importantes
medios de comunicación a su servicio, se ha arraigado
profundamente en la sociedad española en general, confirmando
una partitocracia a dos manos, dueña de un poder sin límites,
que tiene secuestrada a una claque que les vota y les sigue de
manera incondicional, sin capacidad crítica, fanatizada en
ocasiones, aunque sólo representen entre los dos a un 50% de la
ciudadanía. Como ha dicho Rosa Díez “PP y PSOE no tienen
ambición de país, tienen ambición de poder; no piensan en las
próximas generaciones, sino en las próximas elecciones”.
Enrique
Larroque, presidente del Partido Liberal ya barruntaba en 1978
una operación de los centristas de UCD y los socialistas para
alcanzar un bipartismo de hecho marginando a las otras opciones
políticas más minoritarias y escribió un texto titulado
“Bipartidismo y democracia” en el que decía que esta situación
que ahora padecemos “facilita la polarización del pueblo en dos
bloques contrapuestos, cuya radicalización es inevitable, siendo
la antesala de una dictadura; aún más, puede decirse que el
bipartidismo puro implica en sí una predictadura, en el sentido
de que, indefectiblemente, hace predominar en la política
nacional, por amable que sea su comienzo, el dogmatismo y no la
flexibilidad, la dureza y no la conveniencia, la radicalización
y no la negociación, el encastillamiento en las posiciones y no
la dinámica de cambio”. Como si lo hubiese escrito hoy mismo.
Son los partidos-máquinas que diría Flores d’Arcais. El
politólogo Iván Krastov también afirmaba recientemente que las
elecciones están perdiendo su significado de opción entre
alternativas y se transforman en procesos a las élites. Así, la
democracia ya no es cuestión de confianza sino más bien de
gestión de la desconfianza”.
He escrito
durante los últimos meses distintos artículos hablando sobre la
necesidad de repensar esta democracia que se devalúa cada día
convirtiéndose en una pura caricatura de si misma, pero al hilo
de lo que les he comentado en este texto, me gustaría citar de
pasada, porque me queda poco espacio, dos libros de referencia
que hablan sobre todo esto y a los que en otro momento me
referiré con más detalle. Se trata del trabajo póstumo de José
Vidal-Beneyto: “La corrupción de la democracia” (Catarata) y de
“El invierno de la democracia. Auge y decadencia del gobierno
del pueblo” del politólogo francés Guy Hermet (Los libros del
lince). Para el autor valenciano “la democracia se nos ha muerto
de frustración, de apatía, de hipermediatización publicitaria,
de adicción al poder. Lo que ahora tenemos ante nosotros es su
cadáver y todos sabemos que lo único que cabe hacer con los
cadáveres es enterrarlos o resucitarlos”. Hermet por su parte
nos dice que “la democracia está llegando a su invierno, aunque
no hay por qué temer un infarto inminente. Estamos entrando en
la estación invernal de la democracia tardía, en la estación de
la vejez. (…) El pueblo apenas simpatiza ya con la ficción del
gobierno de todos y para todos en la que se apoya cada vez más
débilmente nuestra democracia. Aunque todavía no tiene etiqueta,
la posdemocracia ya está aquí, de incógnito. Estamos entrando en
otra era política”.
Para Ignacio
Sotelo, “seguirá creciendo el distanciamiento de la población
ante los políticos, mientras la participación no baje de un 50%
y se mantenga una polarización visceral entre las sedicentes
izquierda y derecha que refuerzan la cohesión interna; mientras
que la política social, gobierne el que gobierne, descienda a un
ritmo tolerable y se perfeccionen los canales por los que
transcurre la corrupción, de modo que los escándalos se
dosifiquen en el tiempo, y sobre todo sigamos con una Ley
Electoral tan injusta como poco apropiada para restablecer el
prestigio de los políticos y me temo que los partidos esperarán
a que pase el chaparrón y se apacigüen los ánimos, sin emprender
nada que pueda disminuir el poder acumulado”.
Pero claro,
la transformación de todo esto no será posible sin formación,
sin información, sin implicación, sin una voluntad real de
invertir la realidad, a menos que aceptemos como dice Hermet
“un sistema en el que tal vez ya no esté presente el principio
“romántico” del pueblo soberano”. |