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Hace apenas una
semana compartía con ustedes una reflexión sobre la terrible
situación por la que atraviesa en estos momentos un sector
importante de nuestra sociedad (paro, pobreza, inseguridad, miedo,
desconfianza…) mientras los partidos políticos más significativos
nos trasladan cada día, a modo de permanente campaña electoral, su
lucha continua por el poder, que llega a la opinión pública en forma
de incesantes descalificaciones y de incapacidad para ponerse de
acuerdo en encontrar soluciones y alternativas a la dura realidad.
Comentaba en el texto al que me refiero cómo, además del drama de la
crisis y sus secuelas, la corrupción se ha hecho presente con
especial virulencia en la política y los negocios, propiciando un
peligroso desafecto y una preocupante desconfianza de los ciudadanos
hacia la política y sus representantes como demuestran los estudios
del CIS, de Transparencia Internacional, del Barómetro Global de la
Corrupción, etc…
No podemos
pasar por alto, sin más, los datos del CIS y mirar para otro lado
como si no sucediera nada, y por eso esta segunda entrega sobre un
asunto (el desapego ciudadano) que me parece de especial calado
porque, poco a poco, está minando la credibilidad en la política y
lo que es peor aún, en la democracia y en sus instituciones. No es
casualidad que la ciudadanía de este país cuestione y valore
negativamente a los partidos políticos (herméticos, alejados de la
sociedad, poco democráticos, financiados irregularmente); a los
empresarios, a los que se considera cómplices en el juego de poderes
de los partidos a los que, en muchas ocasiones, financian de manera
irregular para obtener suculentas prebendas, convirtiéndose en estos
casos en el auténtico poder; a los medios de comunicación, cada vez
más correa de transmisión de grupos e intereses económicos, y a una
justicia mediatizada y controlada por los partidos políticos que
eligen a su antojo a los miembros de sus órganos más importantes (CGPJ,
TS, TC), lo que acaba pasando factura.
Y mientras todo esto sucede y se agrava por la presencia contumaz de
la corrupción en el día a día, los partidos políticos -sobre todo
los dos grandes partidos que se han instalado en el bipartidismo
frustrante, aunque en este caso el protagonismo y la
irresponsabilidad es del PP-, lejos de plantearse una reflexión
seria y rigurosa sobre lo que está sucediendo, se enrocan en
posiciones frentistas intentando fidelizar a sus votantes sin medir
las consecuencias. Por eso no le importa al partido de Rajoy, lo
hace sin ningún tipo de escrúpulos, cuando se ha visto desbordado
por la corrupción, aventar la porquería sembrando dudas sobre la
policía (de la que dicen que fabrica informes falsos para hacerles
daño) o sobre los jueces (el ataque a Garzón por el caso Gürtel es
paradigmático) o más recientemente sobre otros políticos como Bono,
abriendo brechas más profundas con la sociedad y provocando la
desconfianza o el rechazo de la mayoría, que se aleja de las urnas o
desprecia de manera generalizada a la política y a los políticos. Y
es aquí donde aparece el auténtico peligro sobre el que quiero
insistir en las siguientes líneas: el desafecto de los ciudadanos
como antesala de la quiebra del sistema democrático; de la negación
de lo público y de la capacidad de una sociedad para tomar las
riendas de su destino, lo que abriría las puertas a la aparición de
salvapatrias de distinto calibre.
No cabe la menor
duda de que, como señala el profesor José Miguel Onaindia “la
sucesión de hechos de corrupción como algo habitual en nuestra
realidad son la fuente principal de la iniquidad social y del
deficiente ejercicio de nuestros derechos”. Para el filósofo
mexicano Carlos Perea “cuando una población deja de confiar en las
instituciones democráticas, siempre hay algún “dictadorzuelo”
esperando en la puerta de las ciudades azotadas por la
desconfianza”. Es lo mismo que nos dice el profesor Mario Resnik:
“La sensación dominante en la sociedad parece ser la de que el
fenómeno (de la corrupción) no conoce límites, especialmente en
sectores socialmente relevantes. Esta convicción tiene un efecto
negativo para el funcionamiento del sistema. Está a un paso de
convertirse en un anestésico que finalmente concluya en el
desmoronamiento del régimen democrático”. Y es ahí donde está el
auténtico y el grave problema.
Para el filósofo
Federico Mihura Seeber, en su trabajo “La ética y la política”, para
el poder económico “el bien social será un sistema en que no se
ejercite autoridad política alguna; o en todo caso en que el papel
de la autoridad quede reducida al mínimo necesario, y que la clase
política, intrínsecamente corrompida según sus afirmaciones, fuera
reducida a un coto de apestados lo más inocuo posible. Privados en
todo lo posible de poder”. Ignacio Urquizu, sociólogo de la UCM
afirma que “uno sabe más de cómo funciona el Congreso y los partidos
que de cuáles son las tripas del BBVA. Hay que tener cuidado, porque
si la política es el problema, ¿cuál es la solución? ¿Un general?
¿Un golpe de Estado?”. Efectivamente, el alejamiento de los
ciudadanos unido al objetivo principal del neoliberalismo de vaciar
el Estado –no es casualidad el que desde 2006 hasta ahora el número
de democracias en el mundo haya bajado de 123 a 116-, nos puede
llevar, a menos que lo impidamos, a una situación de difícil retorno
a la credibilidad, a la participación ciudadana y a la constitución
de un auténtico marco democrático de libertades y derechos
ciudadanos.
Según Victor
Pérez-Díaz, presidente de Analistas Socio-Políticos, la desconexión
entre la clase política y la ciudadanía es responsabilidad de ambas:
“Pensar en ello podría darnos una inyección de optimismo, y poner a
prueba si tenemos cabeza y corazón para enfrentarnos a la realidad”.
Y es que, insisto, no depende de nadie más que de nosotros mismos.
Como dice Santos Juliá, en el caso de los corruptos se debería
“suscitar en quienes los han elegido un clamor de protesta porque en
efecto el daño es profundo y afecta a los fundamentos mismos de
nuestra democracia”. Ahora más que nunca, la ciudadanía debe pasar
a la acción, ocupar la calle y las urnas para hacer posible otra
realidad.
Para Mihura
Seeber “la repuesta al problema no es que la política deba tener
ésta o aquélla moral, sino esta otra: la política es moral. La
política es ética ella misma. No es una actividad que teniendo éstas
o aquellas exigencias prácticas deba además ser ética, sino que ella
misma es una parte de la ética” y cita a Aristóteles que dice que
“porque superior al hombre que es capaz de hacer el bien a sí mismo
y a sus allegados, es el que es capaz de hacerlo a los otros y a la
ciudad, al Estado”.
La
política y la democracia son imprescindibles y los que se aprovechan
de ellas deben pagarlo ante la justicia y ante las urnas. Y debe ser
el poder de decisión de los ciudadanos el que transforme en
profundidad el modelo socioeconómico tomando parte activa en la
política y en la calle. Todo menos aceptar lo que escribía José
María Marco el pasado 15 de febrero en La Razón: “Nuestra historia
sugiere que cuando se llega a esto los españoles añoran –y casi
siempre consiguen- un
cirujano de hierro”.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
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