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Antonio Morales Méndez (*)
En el marco del Festival del
Sur. Encuentro Teatral Tres Continentes, de Agüimes, se celebró la
semana pasada un simposio dirigido por el ensayista, crítico y
Premio Nacional de Teatro José Monleón. Se abría así un espacio para
la reflexión y el intercambio de ideas entre pensadores y creadores,
en un momento en el que la humanidad atraviesa una gravísima crisis
económica, medioambiental y de valores que aumenta los
desequilibrios y desigualdades, abre abismos entre los pueblos y sus
habitantes y propicia un retroceso planetario de la democracia, los
derechos humanos y la justicia social.
Se trataba de propiciar un
encuentro, desde la visión de tres continentes distintos, para
hablar sobre El Pacto Incumplido,
título de referencia del debate.
Nos proponía Monleón una
reflexión compartida sobre el flagrante incumplimiento de los
gobernantes mundiales, tras la segunda Guerra Mundial, después de la
creación de las Naciones Unidas, de un conjunto de propósitos,
normas y organizaciones encaminadas a la construcción de un planeta
pacífico y democrático, donde la pluralidad cultural dejara de ser
un problema, y que ha devenido en una reproducción de brutalida des,
intolerancias y desigualdades
que expresamente se daban por terminadas para siempre. Desde luego,
la filosofía de la creación de la UNESCO o a la Declaración
Universal de los Derechos Humanos pretendía no sólo poner en marcha
unos determinados valores sino fundamentalmente derogar muchas de
las normas que venían aplicándose hasta entonces y que tanto daño
habían producido a la humanidad alejándola de sus legítimas
reivindicaciones para la consecución de la paz y el bienestar
general. “Lo tremendo es que esta vez no debemos hablar de una
revolución pendiente, sino de un pacto, de un acuerdo pacífico
firmado en recuerdo de millones de muertos, que no ha querido
cumplirse”, apunta el ensayista.
Al hilo de todo esto, me
planteo si realmente se trata de un pacto incumplido de manera
premeditada o de la incapacidad de los gobernantes de hacer posible
un mundo distinto desde unos gobiernos débiles, sometidos al poder
de un sistema capitalista insaciable y de unos ciudadanos que hemos
ido dejando en las manos de unos y de otros la plural y realmente
democrática gobernanza mundial.
Escribía hace unos días en el
diario Público el sociólogo Marcos Roitman que “una economía de
mercado, con rostro humano o salvaje, es incompatible con practicar
la democracia. Sus cimientos son la explotación, la competitividad y
el egoísmo, valores donde la democracia no tiene cabida, salvo para
secuestrarla”. Es más o menos lo que escribía Sami Naïr en El País,
por las mismas fechas, al señalar a los culpables de la situación
que vive el planeta en estos momentos: “mercados financieros,
especuladores delincuentes, banqueros poco escrupulosos, dirigentes
políticos cómplices y partidos políticos que han avalado de hecho
este capitalismo especulativo sin ley alguna”.
Hemos repetido hasta la
saciedad que ni la derecha democrática ni la socialdemocracia han
sabido construir un modelo de gobierno democrático más allá de un
mercado que los engulle, que los compra y que les permite una
horquilla de logros sociales encaminada a frenar revueltas, a
tranquilizar conciencias y a crear ciudadanos acomodados,
desmotivados y, por tanto cómplices en mayor o menor medida. Han
claudicado, desde hace muchos años, han caídos rendidos ante el
poder económico y han sido incapaces de librarse del corsé de los
poderes externos controladores del Estado.
Para el politólogo
estadounidense Seymor M. Lipset, “la democracia se ha reducido a la
formación de una élite política en su lucha competitiva por los
votos de un electorado básicamente pasivo”.
En un libro extraordinario,
que recomiendo (Cómo ocupar el Estado, Ed. Icaria), Hilary
Wainwright afirma que “la violencia económica y militar representa
los últimos recursos a los que acuden aquellos que temen la
capacidad del pueblo. Esto supone que todos los que creemos en otro
mundo trabajemos para convertir la resistencia en organizaciones
estables que demuestren, en el día a día, la gran capacidad de los
ciudadanos para el autogobierno democrático”. Para esta excelente
periodista inglesa se hace absolutamente necesario abandonar el
“estadocentrismo” y hacer frente, de manera directa, a la capacidad
de las instituciones reaccionarias del Estado de soportar y reprimir
las presiones democráticas.
Sólo desde la supremacía
absoluta del ciudadanismo, de la ciudadanía como protagonista de la
acción pública transformadora, podremos avanzar en la búsqueda y la
consecución de nuevos modelos económicos, sociales, políticos y
éticos. Dice Joan Subirats, en el prólogo del libro citado, que
“precisamos recuperar el sentido radical, transformador, igualitario
y participativo que la democracia ha tenido siempre y que en los
últimos años ha ido perdiendo, secuestrada por una visión
excesivamente institucionalista e institucionalizadora, que le ha
ido limando aristas y tensiones, hasta situarla (en esa versión
descafeinada y pasteurizada) en el riesgo de convertirse en un
apéndice más de las nuevas y globales formas del capitalismo
hegemónico”.
No me sustraigo a la tentación
de volver a utilizar una frase de Rafael Argullol que transparenta
lo que estoy defendiendo en este texto: “los necios casi nunca saben
que lo son y los canallas casi nunca reconocen serlo, pero unos y
otros, alimentándose mutuamente, han acabado creyendo que en el
mundo sólo hay lugar para ellos”.
No me atrevo a afirmar que se
ha incumplido un pacto. Más bien se ha impedido que se cumpliera un
pacto por un sistema de canallas amparados en los mayores necios,
que desde los gobiernos mundiales se han prestado a jugar de
comparsas de un sistema devastador, con la complicidad de todos
nosotros claro. El profesor de la Universidad de La Laguna Juan
Claudio Acinas nos habla de una ley sociopolítica, la ley de la
entropía ideológica, que “proporciona un indicador de alta
probabilidad estadística, según la cual, poco a poco, vamos
reemplazando causas por intereses que sólo nos preocupa asegurar”.
No se trata de caer en la
dicotomía ingenua de la lucha del bien contra el mal,-aunque no deja
de tener razón el estribillo del grupo musical Reincidentes que
dice: “Mire usted, yo me cago en la relatividad/claro que hay buenos
y malos y los habrá”- pero si que es absolutamente necesaria la
lucha por una auténtica democracia ciudadanista capaz de asumir el
control real del poder público. Que sea capaz de rearmarnos de ideas
y transformación democrática radical frente a la violencia generada
por el capitalismo más brutal y los poderes políticos que se prestan
a su juego, que siembra este mundo de guerras fraticidas, que abre
abismos de injusticias y desigualdades entre los pueblos, que
destruye el medio natural, que permite la humillación y la pobreza
de millones de seres humanos...
Es importante la discusión,
el análisis y el intercambio de ideas, pero lo es mucho más el que,
precisamente desde ahí, ocupemos la realidad. Como dijo hace muchos
siglos Tom Paine: “De modo general, puede parecer que las
revoluciones crean genios y talentos. En realidad, no hacen más que
despertarlos. Hay en el hombre una masa con sentido en estado
latente que, de no ser activada, permanecerá adormecida y
descenderá, junto a él hasta la tumba. Dado que el conjunto de esas
facultades debe ser empleado en beneficio de la sociedad, la
construcción del gobierno debe actuar de manera que despierte, con
una acción tranquila y regular, toda esa capacidad que siempre
renace en la época de las revoluciones”. ¿Será este el momento o nos
volveremos a dejar llevar para volver a incumplir con nosotros
mismos?
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: José Monleón junto a Antonio Lozano y el
autor del
artículo, Antonio Morales.
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