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Antonio Morales Méndez (*)
Muy pocos son los que se
atreven a cuestionar en estos momentos que la Cumbre de Copenhague
fue un auténtico fiasco. La verdad es que durante las últimas
semanas se ha escrito mucho sobre este tema y, aunque todo va tan
deprisa que ya este asunto parece borrado de los medios de
comunicación y del sentir colectivo, no pretendo con este texto
volver a profundizar en el análisis del fracaso del encuentro, sino
en insistir en subrayar la importancia de los movimientos ciudadanos
para avanzar en la búsqueda de respuestas globales a la grave
crisis que esta matando a la Tierra.
Desde los años
sesenta hasta la actualidad, debido en gran medida a la presión de
la ciudadanía sobre los gobiernos y los partidos políticos, se han
ido sucediendo una serie de hitos, que han aportado distintas
soluciones al desarrollismo y sus consecuencias. Aunque en Europa
desde la década anterior se empezó a debatir acerca del binomio
desarrollo y medio ambiente, fue en la Conferencia de Estocolmo de
1972 cuando se discutió por primera vez el impacto de las
actividades humanas sobre el medio, con el antecedente del estudio
del Club de Roma, “Los límites del crecimiento”, donde se hablaba ya
claramente de los recursos finitos del Planeta. Por esas mismas
fechas se creó el Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente.
El deterioro del
Planeta a causa del desarrollo incontrolado, el agotamiento de los
recursos y las diferencias socioeconómicas entre los países, llevó
a la ONU en 1983 a poner en marcha la Comisión Brundtland, que en su
informe “Nuestro futuro común” acuñó el término “desarrollo
sostenible” al constatar que la satisfacción de las necesidades
presentes no deben comprometer los medios necesarios para la
supervivencia de las generaciones futuras.
En 1991 el Club de
Roma vuelve a insistir en sus advertencias sobre el deterioro
medioambiental en un nuevo informe demoledor que sirve de pórtico a
la Cumbre de Río, celebrada en 1992, que contaría con la presencia
de 180 países y de la que surgiría la Agenda 21 y su marco de
seguimiento. En 1997, la ONU convocó la Cumbre de Kyoto, con el
objetivo central de poner freno a los gases de efecto invernadero,
pero fue boicoteada por EEUU, Rusia, China y Australia, los mayores
emisores. La carta de Aalborg nace más tarde para profundizar en
estos compromisos y en el año 2000 la ONU aprueba la Declaración del
Milenio, con ocho objetivos básicos para el 2015: erradicación de la
pobreza y el hambre; eliminación de las desigualdades entre sexos;
una educación para todos; reducción en dos terceras partes de la
mortalidad infantil; combatir las enfermedades asociadas a la
pobreza; fomentar alianzas entre los pueblos para el desarrollo y
garantizar la sostenibilidad medioambiental…
En el año 2006 el
Informe Stern habla de que vamos contra reloj, que nos quedan apenas
minutos, y que es más barato producir cambios que mantener el nivel
de despilfarro. La Cumbre de Bali de 2007 sigue haciendo una llamada
a la lucha contra el cambio climático y la última que acabamos de
dejar, la de Copenhague con su caudal de frustraciones, de la mano
de los mismos protagonistas y de algunos emergentes que se apuntan
al carro del mercado sin frenos, ya la conocemos todos.
Desde luego los incumplimientos con lo acordado durante todos estos
años han sido flagrantes y el desprecio a las mayorías ha sido
exhibido como el mayor de los ultrajes. Mientras el deterioro del
Planeta avanza a un ritmo inexorable y las diferencias entre los
pueblos de la Tierra se hacen aún mayores, en medio de una crisis
económica, climática, alimentaria y de valores, el sistema
neoliberal imperante a nivel planetario no se rinde y convierte
estos encuentros en peligrosas mascaradas, en los que da lo mismo
que los protagonistas se llamen Obama o Bush; en los que da igual
lo que diga la ONU, porque por encima está el G-8 de turno, el G-20
o el G-2 de EEUU y China que lo va a controlar todo, sin el más
mínimo pudor, en los próximos años; en los que les trae al pairo el
aumento constante de las temperaturas -ya nos estamos acercando
peligrosamente a la emisión de 400 ppm- y que los estudios vaticinen
que habrá 25 millones más de niños desnutridos por el calentamiento;
que el Global Footprint Network acaba de denunciar que la Humanidad
vive sobre una gran burbuja, la de los recursos, y que necesitamos
un planeta y medio para mantener el nivel de consumo actual, sin que
esto frene a los negacionistas ultraconservadores, muchos de ellos
pagados por las grandes petroleras, como sucede con el ex presidente
Aznar, en continuas campañas contra las renovables y el cambio
climático.
Pero no sería
justo decir que todo esto no ha servido para nada. Sin duda durante
todos estos años se ha ido tejiendo una red ciudadana mundial
-hombres y mujeres de a pié, comunidades científicas, organizaciones
no gubernamentales, etc. -que ha presionado hasta el infinito para
crear conciencia y obligar a los gobiernos de turno a reunirse, a
cumplir algunas cosas, la mayoría de las veces a regañadientes y
otras como reclamo electoral. Por eso, del fracaso de Copenhague no
podemos decir que no sirvió para nada, porque la gran repercusión
mediática ha contribuido a aumentar la concienciación sobre la
realidad política, social y económica que estamos viviendo y porque
deposita así grandes esperanzas en que los movimientos ciudadanistas
vayan ocupando la calle, la política y las instituciones.
Y eso lo sabe
perfectamente el neoliberalismo y sus analistas y por ello la
escenificación internacional de la detención del director de
Greenpeace España, una gran advertencia mediática de poder y de
control. Y es que se puede incumplir Kyoto y poner al planeta la
borde del caos; se pueden saltar a la torera los acuerdos
internacionales y pasarse las decisiones de la ONU por el arco del
triunfo -para eso no existe justicia internacional- pero no faltaba
más que unos pobres indocumentados exhiban sus vergüenzas en una
pancarta subversiva. Se trata de algo muy grave, gravísimo. Hasta
ahí podríamos llegar.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Momento de la detención de López de Uralde
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