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Antonio Morales Méndez (*)
Hace ahora casi un mes,
escribí en este mismo medio sobre la necesidad de asegurar a todos
los ciudadanos, en esta época de crisis, la percepción de un salario
que garantizara los principios de igualdad, libertad e independencia
y que rompiera de manera tajante con esta espiral de inseguridad,
paro y pobreza que se ha instalado en nuestra sociedad, abriendo
enormes abismos en su seno.
La realidad
es que, en estos momentos, el número de parados en España supera los
cuatro millones de personas, lo que significa un 20% de la
población. En Canarias, la situación es aún más alarmante ya que
casi 300.000 ciudadanos, es decir un 27%, permanece en situación de
desempleo y más de cincuenta mil canarios dejaran de recibir
prestaciones en los próximos meses.
Para los
ciudadanos españoles, según el último Barómetro del CIS, el paro es
el principal problema al que nos enfrentamos y el propio Gobierno
reconoce, frente a otras predicciones aún más pesimistas, que la
cifra de desempleados seguirá superando los cuatro millones en 2012.
Mientras el número de personas sin ocupación sigue aumentando;
mientras el número de familias sin ningún tipo de subsidio económico
alcanza una cifra demoledora y las ratios de pobreza severa llegan
en algunos lugares a porcentajes superiores al 30%; mientras ocho
millones de españoles viven por debajo del umbral de la pobreza;
mientras aumentan los contratos fraudulentos y abusivos, mientras
Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial advierte seriamente
del riesgo de una grave crisis social y reconocía a El País que “lo
que empezó como una gran crisis financiera y se convirtió en una
profunda crisis económica, ahora está derivando en una gran crisis
de desempleo y, si no tomamos medidas, hay riesgo de que llegue a
ser una grave crisis humana y social”…
Mientras
todo esto sucede aparecen, como tiburones al olor de la sangre,
personajes como Claudio Boada, presidente del Círculo de
Empresarios, por personalizar en uno de tantos, que aboga por abrir
brechas en los logros alcanzados por los trabajadores durante siglos
de luchas históricas.
Al tiempo
que se propicia un debate por un grupo de cien expertos, que
proponen una flexibilización del trabajo, al que se enfrenta otro
de quinientos rechazando el despido barato y reclamando flexibilidad
en las empresas antes que despidos (“el Estado ha de intensificar
sus esfuerzos para paliar los efectos de esta crisis en los
trabajadores, extendiendo las redes de protección a todos los
desempleados y alargándola en el tiempo”), yo quiero insistir hoy
aquí, en esta reflexión compartida, acerca de la necesidad de
instaurar de manera urgente en este país un Salario Universal
Garantizado ó una renta básica que asegure la libertad, la
seguridad, el disfrute pleno de sus derechos y el no sometimiento de
sus hombres y mujeres, que difiere enormemente, por su carácter
asistencial, de la medida adoptada por el Parlamento balear de
garantizar por ley ropa, comida y techo a sus ciudadanos.
Con este
objetivo he estado en estos días ahondando en algunos textos, que me
parecen profundamente democráticos, de marcado acento social y
progresista, de búsqueda de libertad real para todos, de los que
deseo trasladarles algunas ideas.
En el
artículo “Justicia, Libertad y Solidaridad. La filosofía política de
Philippe Van Parijs y la propuesta del salario universal
garantizado”, publicado en la revista Politeia, el profesor Oscar
Mejía Quintana nos habla de la importancia de explorar presupuestos
éticos y reconstruir normativamente un modelo que permita articular
la concepción de justicia solidaria que supone la propuesta , desde
el liberalismo, de un salario universal garantizado a través de un
ingreso básico no condicionado para todos que se trataría, según Van
Parijs, de un ingreso pagado por el Gobierno a cada miembro pleno de
la sociedad, sin tener en cuenta si es rico o pobre, sin importar
con quien vive y con independencia de la parte del país en que
viva. Para Roberto Gargarella, se trataría de asegurar a todos los
individuos un ingreso bastante, incondicional y sostenido que sea
suficiente para satisfacer sus necesidades básicas.
Según Daniel
Raventós, en “Una renta básica en una economía deprimida”: “aunque
la pobreza no es sólo privación y carencia material, diferencia de
rentas (porque es también dependencia del arbitrio o la codicia de
otros, ruptura de la autoestima, aislamiento y compartimentación
social de quien la padece) una renta básica equivalente al menos al
umbral de la pobreza, pocas dudas hay, sería una forma de acabar con
ella, si no completamente, cuando menos de dejarla en porcentajes
muy marginales. En una situación de depresión económica en la que,
como ha quedado dicho, los porcentajes de pobreza aumentarán de
forma significativa, pudiéndose llegar pronto a una proporción de un
pobre cada cuatro habitantes (ahora es uno de cinco), la renta
básica representaría un buen dique de contención de esta oleada de
pobreza”.
Para otros
pensadores como Stuart White (“La justificación republicana de la
renta básica: consideremos sus dificultades”), la renta básica
eliminaría o reduciría la dependencia que señalaba Rousseau en su
“Discurso sobre la desigualdad”: “lo peor que le puede pasar a uno
en su relación con los demás es que se encuentre viviendo a merced
de otro”. Se trataría de proteger la libertad como no-dominación.
Carole
Pateman (“Por qué republicanismo”) nos dice que la renta básica debe
ser incondicional y ante la controversia y la posibilidad de crear
ciudadanos ociosos –frente a la “afirmación de que la independencia
material constituye un necesario punto de partida para la libertad y
la ciudadanía individual”-, afirma que “en un mundo opulento como el
de hoy, la presencia de una cierta cantidad de haraganes es el
precio que hemos de pagar para la promoción de una libertad
individual verdaderamente democrática, del mismo modo que hoy
toleramos y hasta aplaudimos la presencia de ricos y famosos
entregados en cuerpo y alma a la holgazanería”. Probablemente este
pueda ser uno de los aspectos más controvertidos de esta propuesta,
aunque casi todos los analistas coinciden en afirmar que la renta
básica animaría más que frenaría la capacidad del individuo por
superarse a través del trabajo.
Antonio
Doménech y Daniel Raventós, en “Propiedad y libertad republicana:
una aproximación institucional a la renta básica”, citan a
Robespierre como el primero que habló del “derecho a la existencia”,
en 1794, para “expresar la idea de que la sociedad debe garantizar a
todos sus miembros, como primer derecho, el de existir material y
socialmente” e insisten en la necesidad de que toda la ciudadanía
sea materialmente independiente, y que “en las sociedades de
principio de siglo XXI, una renta básica podría ser el instrumento
más efectivo de garantizar institucionalmente esta independencia
material”.
Por último,
Philip Pettit, en “¿Un derecho republicano a la renta básica?”
considera que ésta no puede ser una concepción graciable del Estado
sino un derecho como es el de la educación o la sanidad. Si la
libertad es la ausencia de interferencias, esta renta garantiza el
principio básico desde la suficiencia y la independencia. Se
eliminaría así el factor de control y dominación que supone el
depender de la buena voluntad de los demás y la consideración de
pertenecer a “una clase aparte”.
En el
manifiesto “En tiempo de crisis, soluciones para la gente”,
elaborado por la Fundación Cultura de Paz, que preside Federico
Mayor Zaragoza, se insiste en la creación de una Renta Básica de
Ciudadanía, que se viene aplicando, en forma parcial o total, en
países como Canadá, Alaska o Brasil, y que se obtendría desde la
realización de ajustes fiscales. Plantea que “la oportunidad de
trabajar ya no depende tanto de la voluntad del individuo como de
los complejos e injustos mecanismos del mercado en relación con ese
artificio social que es el empleo”, y que después de la conquista de
la democracia política es necesario reivindicar una democracia
económica que “garantice a todas las personas de nuestro país unas
percepciones económicas mínimas que le permitan vivir dignamente”.
La Fundación
Cultura de Paz propone que “en un primer momento, y con carácter
urgente, podría aprobarse su implantación para todas aquellas
personas, mayores de 18 años, que por haber perdido su empleo, por
su condición de pensionistas o por otras razones, perciben
prestaciones sociales inferiores al salario mínimo interprofesional,
lo que aportaría estabilidad económica y emocional a quienes están
sufriendo injustamente la consecuencia de los desmanes del mercado”.
En cualquier
caso, al margen de disquisiciones filosóficas y de teorías políticas
y económicas, insisto en demandar medidas urgentes y contundentes
que saquen de la depresión, la marginación, el hambre, la impotencia
y la rabia, a millones de conciudadanos que lo están pasando muy mal
y que necesitan de medidas inmediatas que garanticen su
supervivencia y sus libertades plenas, en un Estado de Derecho como
el nuestro. Los que viven en “otras latitudes“, no tienen sino que
preguntar a instituciones como los ayuntamientos españoles o
Cáritas, que son los que realmente están dando la cara en estos
momentos. Hoy, más que nunca, se precisan medidas progresistas,
arriesgadas y valientes. La izquierda debe marcar distancias con la
derecha desde propuestas como esta frente a la coincidencia a la
hora de aportar cantidades ingentes para salvar a la banca.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Cada vez peor
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