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Antonio Morales Méndez (*)
En estos momentos el
número de personas desempleadas en este planeta es de alrededor de
200 millones -de los que 86 son jóvenes con edades comprendidas
entre los 15 y los 24 años de edad- y según la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) al finalizar este año la cifra
aumentará en al menos 51 millones. Más de mil millones de
trabajadores -se puede llegar a la cifra de 1.400- viven sin
seguridad ni asistencia social y con menos de dos dólares al día.
Sin ningún tipo de
dudas estamos ante una de las consecuencias de un sistema neoliberal
depredador que ha abierto brutales abismos de diferencias entre los
hombres y los pueblos de la Tierra; que ha esquilmado la naturaleza
hasta el punto de situar al mundo al borde del colapso; que ha
condenado al 80% de la población mundial al hambre y la pobreza; que
desde unas relaciones comerciales y de hegemonía económica y
política injustas y corruptas, al servicio de las grandes potencias
y multinacionales, ha propiciado la violación de los Derechos
Humanos y el sometimiento de gobiernos y sociedades.
Desde la ausencia
de cualquier tipo de escrúpulos éticos ha ido implantando un
sistema dominante que ha conseguido debilitar a los poderes
públicos, disminuir las protecciones sociales (salud, educación,
vivienda, etc.) y el gasto y las inversiones públicas con el
consiguiente aumento de la injusticia social, controlar el déficit
público y la inflación frente al interés legítimo del Estado y la
distribución equitativa de los recursos, impedir la subida de los
impuestos a las rentas más altas y empobrecer al Estado, sustituir
los valores humanos por la adoración al “oro del becerro”,
privatizar y privatizar empresas y servicios públicos solventes para
someterlos a una espiral de especulación, desde el mensaje de que
los gobiernos no saben gestionar y son unos derrochadores, hacer de
los trabajadores un instrumento desechable, abrir las fronteras a la
codicia del mercado y hacer posible un mundo cada vez más
diferenciado de ricos y pobres sin términos medios.
Fruto de una voracidad insaciable, llevada hasta las últimas
consecuencias en el desarrollo de una doctrina que ninguneó hasta el
paroxismo a los Estados, que se convirtieron en peleles de un
sistema financiero que no puso coto a una ambición sin límites, este
capitalismo extremo nos ha situado en una crisis de alcance
extraordinario que ha sacudido con especial virulencia a los más
débiles y desprotegidos.
Con todos los
recursos estatales puestos a disposición del sector financiero y
bancario -el corazón del neoliberalismo más genuino- empieza a
atisbarse la recuperación de un sistema que no ha dudado en volver a
reproducir viejos vicios -a los que, por otra parte, considera como
incentivadores imprescindibles-, sin que la parte más frágil, la más
desamparada, atisbe una salida a la terrible situación del paro, la
pobreza y la marginación a la que han sido sometidos.
A aquellos que
nos han metido hasta el cuello en esta situación, no les ha ido mal
la estrategia. Si en un primer momento consiguieron doblegar a los
gobiernos a los que obligaron a poner a su disposición el dinero de
todos para volver a llenar unas arcas que habían vaciado en las
cloacas de los paraísos fiscales opacos, en estos momentos pelean
como gatos panza arriba por echar abajo los logros de los
trabajadores alcanzados durante décadas y décadas de lucha.
No les basta con
haber hecho posible, desde la irresponsabilidad y la barbarie, que
millones de personas se encuentren sin empleo, a expensas de los
subsidios públicos o de las ayudas de distintas onegés, sino que en
una vuelta de tuerca más a la brutalidad pretenden recortar los
derechos históricos de los trabajadores, a los que, en último
termino, se les va a culpabilizar del paro y la crisis. Nuevamente
pagarán justos por pecadores.
Desde la presión
extenuante de la CEOE y la complicidad última de personajes como el
presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, la
debilidad de la socialdemocracia que empieza a claudicar -escuchen
si no las últimas declaraciones de Zapatero reconociendo que “hay
que hacer muchas cosas en el mercado del trabajo” o a Miguel Ángel
Fernández Ordóñez que nos alerta cada día sobre el peligro de
retrasar una nueva reforma laboral- y la docilidad de los sindicatos
mayoritarios pendientes de la voz de ya del Gobierno, ahora toca
entrar a fondo para modificar la legislación laboral actual que les
resulta excesivamente rígida y con elevados costes salariales.
Durante las
próximas semanas vamos a asistir a un paripé de negociaciones
aparentemente a cara de perro que, sin solución de continuidad,
pondrán sobre la mesa abaratamientos en los despidos, reducción de
las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social, recortes en
derechos legales y sociales adquiridos, reducciones salariales y/o
aumentos de las jornadas laborales, postergamiento de la edad de
jubilación, reconversiones en los puestos de trabajo, aumento de los
mileuristas a la baja, y un largo etcétera de despropósitos, que se
van a sumar a la situación de hecho que viven millones de
trabajadores que se ven obligados a aceptar condiciones de trabajo
sangrantes como única posibilidad de poder subsistir.
Mientras, vemos,
oímos y leemos cada día en los medios de comunicación cómo vuelven
los bonus salvajes de la banca y los sueldos millonarios de los
ejecutivos de las grandes empresas multinacionales, frente al
aumento constante del número de parados –que se acerca
peligrosamente a los cuatro millones-, a las diferencias salariales
de las mujeres, a la falta de conciliación familiar porque es
necesario que los dos miembros de la pareja trabajen para alcanzar
juntos un sueldo digno, a la situación de fragilidad de los
inmigrantes, a las condiciones de dependencia más absoluta del
asalariado del empresario de turno. En definitiva, a la reactivación
de un sistema que fagocita a los más débiles para engordar -nunca
mejor dicho- de pura lujuria.
No podemos
aceptar sin más esta socialización de las pérdidas o el mal menor de
buscar la humanización del capitalismo. No es posible un Estado de
libertad sin ciudadanos libres, capaces de disfrutar plenamente de
sus derechos de ciudadanía, y lo que está claro es que, en estos
momentos, millones de personas están sometidas a las arbitrariedades
de un sistema que los margina, los anula y los hace infinitamente
menos libres.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Los mas débiles y desprotegidos
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