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Antonio Morales Méndez (*)
A finales del mes de
julio de este año escribí, en este mismo medio informativo, un
artículo sobre los despropósitos del fútbol, “una nueva religión
laica organizada para beneficio de las multinacionales y las
televisiones”, según una de las tantas definiciones de Vázquez
Montalbán. Compartía con los lectores en aquella ocasión una serie
de preocupaciones sobre la deriva de este popular deporte hacia el
tenebroso mundo de la especulación y la corrupción, desde la
complicidad del poder político y, lo que es aún peor, de la sumisión
de los ciudadanos.
Comentaba en
aquel entonces la auténtica inmoralidad, deshonesta y exhibicionista
-indecencia lo llamó Platini- que suponían los fichajes
supermillonarios de las grandes estrellas del balompié, con la
colaboración necesaria de la banca que negaba créditos a troche y
moche a las pymes, y a los hombres y mujeres de este país, pero no a
los clubes futbolísticos, en un momento en el que superábamos los
cuatro millones de parados. Refiriéndose a esto, Eduardo Galeano
decía hace poco que “lo que hay que tener claro es lo que decía
Machado: ahora cualquier necio confunde valor y precio”.
Me detenía también en señalar la enorme deuda de este deporte para
con la Agencia Tributaria española, de más de 600 millones de euros
(más de 100.000 millones de pesetas) y con la Seguridad Social, a la
que deben casi cinco millones de euros (sobre los novecientos
millones de pesetas) e igualmente hacía referencia a cómo, al
aprobarse la Ley del Deporte en 1990, el Estado asumió todos los
débitos acumulados hasta entonces por las entidades deportivas con
Hacienda, el Banco Hipotecario y la Seguridad Social.
Finalmente, me
refería a la participación de los dirigentes del fútbol en los
pelotazos urbanísticos y energéticos y a la desvergüenza de que los
fichajes de los galácticos extranjeros, por mor de la llamada Ley
Beckan aprobada por José María Aznar y Cristóbal Montoro en 2004,
contribuyeran al fisco español con un 24% en vez de con el 43% de
cualquier españolito en las mismas circunstancias.
Al hilo de la
decisión de hace unos días del Parlamento español, a propuesta de IU-ICV
y del BNG a la que se sumó el PSOE, de acabar con los privilegios
fiscales de las grandes estrellas, permítanme que retome algunos de
estos asuntos que considero especialmente serios y que terminarán
gravitando sobre nuestra espaldas.
A pesar del enorme
escándalo y de las amenazas vertidas por la Liga de Fútbol
Profesional, la realidad es que la reforma de la Ley Beckan ha sido
más mediática que real, o al menos ha resultado ser mucho más
benévola que lo que la lógica y la justicia demandaban.
Efectivamente, la Ley se deroga, pero sólo se hará efectiva para los
nuevos contratos a partir del uno de enero, con lo que los ronaldos,
ibrahimovic y kakás de turno seguirán tributando el 24% hasta el
2015. Es más, mientras todos los españoles empiezan a pagar el 43% a
partir de los 53.000 euros de renta, los futbolistas sólo lo harán a
partir de 600.000 euros, como si resultara muy fuerte la eliminación
total de las diferencias.
Pero con ser esto
grave, la realidad es que sobre el fútbol español se cierne la
amenaza de una burbuja que tiene todos los visos de desinflarse a la
manera de su homóloga la inmobiliaria y que, como ésta, terminará
haciendo caer sobre los que no somos galácticos, mediante el erario
público, todo el peso de las consecuencias.
En estos momentos
las deudas acumuladas sólo por los clubes de primera división
superan los cuatro mil millones de euros (665.544 millones de
pesetas), mientras su patrimonio neto es de apenas 300 millones de
euros, lo que en pura lógica los situaría cerca de la insolvencia o
la suspensión de pagos si se tratara de una empresa normal y
corriente. Afirma un estudio elaborado por la Universitat de
Barcelona, publicado por La Vanguardia, que el endeudamiento total
representa el 92% de los activos. Según explica en este periódico su
autor, el catedrático José María Gay, la estructura financiera del
fútbol español se asemeja a la de compañías como Colonial, que ha
acabado en manos de los bancos; o a la de Martinsa, que suspendió
pagos en julio del año pasado y “algunos clubs se encuentran en
situación técnica de quiebra, es decir, que sus activos son
inferiores a sus pasivos exigibles y, en consecuencia, con la
totalidad de sus activos o inversiones no están en posición de
liquidar la totalidad de las deudas comprometidas”.
Hasta hace muy
poco la especulación inmobiliaria, desde la complicidad de muchos
poderes públicos, era la manera de huir hacia delante. Se produjo
una especie de entente de intereses en los que se mezclaba la
codicia con el afecto comprado de la masa social del club. En un
trabajo publicado por Jordi Blasco Díez, “La especulación
inmobiliaria de los clubs de fútbol de España”, se analiza en
profundidad este aspecto. El autor cita también al creador de Pepe
Carvalho que afirma que “en los últimos años se ha facilitado que
llegue a la dirección de los clubs una parte de la nómina más
impresentable de los empresarios de este país (…) que tiene más
presencia social y más capacidad de movilizar masas que los demás
representantes del orden establecido”.
Así, podríamos
desmenuzar los pelotazos urbanísticos del Barcelona con su proyecto
“Barça 2002”, del Español que cambió Sarriá por Montjuïc, la Ciudad
Deportiva del Real Madrid, el nuevo San Mamés, la nueva Romareda del
Zaragoza, la recalificación del Mestalla del Valencia, el nuevo
estadio de Anoeta en San Sebastián, el Son Moix mallorquín y así
sucesivamente con el Oviedo, el Sporting, Jaén, Murcia y la Nueva
Condomina, etc. Pero todo esto se acabó. ¿Y ahora de dónde saldrán
los recursos? Me temo que, desgraciadamente, de todos nosotros.
Estallará la burbuja y nos dirán que el país no puede vivir sin
fútbol, que hay que condonar la deuda, que tenemos que liberar
créditos blandos, que habrá que aportarles dinero a fondo perdido…
El gran jugador y
mejor entrenador escocés Bill Shankly dijo que “el fútbol no es sólo
cuestión de vida o muerte. Es algo más importante que eso”. Así debe
ser para muchos. Por ejemplo, para Lorenzo Sanz, el antiguo
presidente del Madrid, al que acaban de detener tras vender medio
centenar de pinturas a la mafia calabresa, con el propósito de
comprar el Parma italiano, un club en bancarrota. Y no les digo nada
cuando terminen de aflorar los amaños de los partidos al hilo de una
industria paralela montada en torno a las apuestas.
Me temo que no hay
solución. Coincido con Manuel Cruz, catedrático de Filosofía en la
Universidad de Barcelona cuando dice que: “El problema sobreviene
cuando la gente se emociona más ante los colores de su equipo que
ante el sufrimiento ajeno. Y es aquí donde, por desgracia, parece
que ya estamos”.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Cristiano e Ibrahimovic
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