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Se ha escrito mucho durante las últimas semanas sobre la crisis,
la voracidad de los mercados y la debilidad de los estados y,
probablemente, este texto que ahora lee no aporte nada nuevo al
debate ni a desnudar la realidad, pero no me puedo sustraer a
resaltar algunos aspectos que me parecen esenciales para
analizar un orden económico y ¿político? que ha convertido a
este planeta en una dictadura global de peligrosas derivas y
alcances.
Con unas
prácticas despreciables, la banca -los mercados, el sistema
financiero o cualquier otra acepción empleada para llamar a lo
que en el antiguo oeste denominaban salteadores de caminos-, se
convirtió en un lugar opaco desde el que con operaciones de
ingeniería financiera y burbujas bolsísticas, apoyadas en
paraísos fiscales donde se enjuagaba el dinero de las drogas, el
tráfico de armas y la corrupción de variada índole, se fue
adueñando de los estados y sus representantes hasta provocar una
crisis mundial de, aún hoy, impredecibles resultados.
Con el dinero
de todos, los gobiernos del mundo, casi de manera unánime –no
cuentan los “bárbaros antisistema”- acudieron en audaz galopada
a salvarlos para frenar su caída definitiva, endeudándose hasta
las tachas en un intento de proteger el estatus y los logros
sociales alcanzados. Se actuó rápidamente para buscar recursos y
salvar a la banca, pero “olvidaron” las medidas para
controlarla, fiscalizarla y obligarla a pagar impuestos. Se
pusieron manos a la obra para paliar la crisis pero “no se
acordaron” de atacar sus causas.
No sirvió de
nada. Los que provocaron la crisis, los que se han quedado con
los dineros públicos, los que han aumentado el déficit de los
países al propiciar el agotamiento de sus arcas, se aprovechan
ahora de esta enorme debilidad para, desde agencias fantasmas
que bailan a su son, que juzgan a las naciones y provocan a su
antojo movimientos especulativos en las Bolsas, saltar a la
yugular de lo público sometiendo a sus instituciones, a sus
ciudadanos y a sus representantes.
Es la mayor
de las paradojas: los estados salvan a los mercados, se
endeudan lo más posible para hacerlo y ahora los mercados atacan
de manera despiadada y proponen medidas leoninas porque los
países están endeudados. Una espiral sin más alternativa que la
de los sistemas financieros y la complicidad del neoliberalismo
para decapitar a los estados. Una espiral de miedos, histerias
colectivas, impotencias y complicidades que ha puesto contra las
cuerdas al euro, a Europa -¿no nos dice nada que el déficit de
EEUU sea cuatro puntos más alto que el de este continente y allí
no se produzca esta alarma?- y de manera especial a Grecia,
Portugal y a España donde su presidente, desdiciéndose de
antiguas afirmaciones en las que juraba y perjuraba que no
tocaría los gastos sociales, acaba de anunciar, a trompicones y
desde la incapacidad y la cobardía, la más dura de las tajadas a
los derechos sociales de los españoles desde la transición.
Las presiones de Obama -“hay que calmar a los mercados”-, del
Banco de España, de Trichet, del FMI, del BM y la cuadrilla
completa de los cómplices del neoliberalismo, acaban poniendo de
rodillas a Rodríguez Zapatero, un socialdemócrata que había
basado su imagen en la defensa de las libertades civiles, para
acabar haciendo lo que siempre dijo que nunca haría, obligándole
a hacer recaer todo el peso de las medidas paliativas de la
crisis sobre las espaldas de las clases medias y empobrecidas de
nuestra sociedad. Y no es sino el principio ya que Bruselas ha
insistido en reclamar medidas más duras y contundentes para
2011, mientras los bancos, las eléctricas, las multinacionales
de distinto pelaje, siguen haciendo públicas ganancias
desorbitadas y sus directivos cobrando sueldos multimillonarios
al tiempo que se acrecientan las bolsas de pobreza y se recortan
los salarios y los servicios del pueblo llano. ¿Y las reformas
del sistema financiero¿ ¿Y el control de los desmanes de los
oligopolios?
A pesar de
los insistentes aplausos del Santander y Botín, entre otros, a
las medidas anunciadas, la mayoría de los expertos coinciden en
afirmar que este paquete de acciones puesto sobre la mesa por
Zapatero y la limitación del gasto público frenará la creación
de empleo y generará más ciudadanos en precario; provocará más
desigualdades sociales, más pobreza, más pesimismo, más
crispación social, más alejamiento de las instituciones, de la
política y de la democracia.
Pero es aquí a
donde yo quería llegar y a lo mejor me he alargado mucho en la
introducción. Sin ningún tipo de dudas, estamos ante un intento
organizado de vaciar al Estado. De devorar a lo público,
provocando su desapego con la corrupción controlada, con la
demostración palpable de la insolvencia para resolver los
problemas, con la falta de ideas, las peleas continuas y la
incapacidad de defender los logros sociales y laborales
alcanzados: hincando al Estado en una demostración palpable de
quién gobierna realmente. El propio Acuerdo General de Comercio
de Servicios de la OMC insta, sin pudor, a los países miembros a
liberalizar servicios básicos como los de la educación, sanidad,
asistencias sociales, agua, transportes, etc. La gran banca, los
grandes poderes económicos, se han transmutado en “mercado”,
controlan a los gobiernos y montan sus sucursales favoritas en
los Bancos Centrales de cada país. Hemos pasado de una dictadura
económica pura y dura a una dictadura política mundial
globalizada, con los gobiernos locales moviéndose como
marionetas sin fin. Los mercados no son limbos etéreos, sino
entes reales que, como dice el expresidente del Bundesbank, Hans
Tietmeyer, “gobiernan y los gobiernos se ocupan de gestionar”.
Es lo mismo que acaba de repetir Felipe González como portavoz
de un grupo europeo de sabios. Qué atrás han quedado las
palabras de Sarkozy en 2008 cuando habló de refundar el
capitalismo y proclamó “la muerte de la dictadura del mercado y
la importancia de lo público”, y que falsas suenan ahora las
prisas europeas por anunciar medidas de control al sistema
financiero.
Quizás por eso
insisten en que las medidas del Gobierno español no son
suficientes. Por eso ha salido Aznar a la palestra demandando
una profunda reforma laboral y nuevas privatizaciones como las
que ya hizo en 1996 desprendiéndose de bancas, telefónicas y
eléctricas públicas, hoy muchas de ellas en manos extranjeras.
Por eso ha salido también Fernández Ordóñez, la CEOE y el FMI
demandando una urgente reforma laboral y por eso ahora Zapatero
apremia a los agentes sociales a pactar ya la reforma laboral y
a imponerla si no hay acuerdo: “es el objetivo inmediato de
nuestra agenda económica”.
Si a los
pobres y a las clases medias les obligan a soportar la crisis
¿qué le corresponde al resto? Vienen épocas muy duras y no
tenemos quién nos defienda. La derecha no se diferencia para
nada de la izquierda oficial a la hora de adorar al mercado. La
izquierda instalada ha claudicado. Para Irene Lozano “éste es el
gran problema: la rebeldía colectiva está ausente de la
izquierda porque a sus representantes oficiales les faltan
fuerzas para soltar lastre y emprender la travesía”. También
Raúl del Pozo acaba de escribir que la derecha se ha quedado sin
política y la izquierda también, “ganaron los chacales
neoliberales”.
No nos pueden
decir, y nosotros aceptarlo, que no hay soluciones. La gente
debe movilizarse y no como anuncian los sindicatos porque ven
peligrar sus prebendas clientelístas basadas en los funcionarios
y las administraciones públicas mientras miraban para otro lado
cuando se nos anunciaban las cifras de millones de parados.
Tenemos que pelear por defender alternativas a los recortes
anunciados, como proponía un grupo de expertos recientemente,
gravando al sistema financiero, reduciendo el gasto militar, etc;
para que se graven las rentas más altas; por aguantar el déficit
público; por crear una banca pública solvente; por la
eliminación de los paraísos fiscales…
Es necesario
que batallemos por más democracia, más participación, más
convicción y más acción ciudadana, por ocupar la calle para
frenar los mercados y ganar espacios para los derechos civiles y
laborales a los que ahora se pone contra las cuerdas. O eso o la
dictadura del mercado. |