|
Acabo de terminar de
leer un libro singular –a ratos divertido, a ratos dramático- de
la periodista Irene Lozano, con un título largo pero
especialmente significativo: “Lecciones para un inconformista
aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin
papeles. La falta de ideas de la izquierda en la crisis actual”
(Debate). Con rotundidad la autora expone un discurso que
sintoniza con el sentir de un sector importante de la población,
huérfano de referencias y soluciones políticas a la situación
que padecemos de crisis económica, social y de preocupantes
déficit democráticos. No tiene desperdicio. Desfilan por sus
páginas, entre amagos de ironía y desencanto, la izquierda
desunida, enfrentada por un prurito de pureza inagotable y,
sobre todo, la izquierda oficial.
De
entrada, la autora nos describe a una izquierda aturdida -es el
título del capítulo, que tomo prestado- “difícil de identificar
porque se agrupa en la estampida, tiene en común la dispersión y
está ligada por la atomización”, incapaz de ofrecer concreciones
más allá del discurso o desaparecida en la excusa de que no
existe (“único argumento en su descargo”)
porque no puede ser izquierda la
que apoye los recortes sociales, la sumisión a la banca o la que
renuncia a grabar a las rentas más altas…
“El izquierdista aturdido se
siente inequívocamente de izquierdas aunque no es capaz de
explicar en qué consiste” y ha pasado “de creer que los ricos
han de financiar los servicios públicos para disfrute de los
pobres a creer que los pobres han de pagar las fechorías de los
ricos”.
Frente a la
unidad de la derecha, que usurpa en muchas ocasiones los valores
progresistas tradicionales “siempre que no ahuyenten al dinero”,
la izquierda ha acabado asumiendo la política económica de la
derecha, precisamente por la falta de alternativas al
capitalismo neoliberal, y es que la socialdemocracia no ha hecho
en las últimas décadas sino adaptarse a la coyuntura. Cuando “en
los años noventa termina de expirar un ente: la izquierda. El
mismo día nace una leyenda: la izquierda”. Aparece así el “no
tengo más remedio” y por eso la privatización de lo público, la
especulación inmobiliaria, las desigualdades sociales, el
servilismo bancario… “El pensamiento progresista del sistema ha
desistido de aventar la idea de justicia para que la
desesclavización del ser humano siga devorando la maleza,
mientras que el pensamiento conservador considera que ya se ha
desesclavizado bastante y es la ocasión de detener el proceso”,
lo que consiguen sin apenas esfuerzo.
Para la
autora, la izquierda debe tener tres aspiraciones urgentes y
fundamentales a conseguir: autonomía moral, autonomía material
(bienestar) y autonomía de juicio frente a la ceguera de memoria
y experiencia que conviene a “un poder económico deseoso de
olvidar las lecciones de la historia”, pero en estos momentos
esa izquierda desnortada apunta que la salvación puede venir de
los avances tecnológicos, sin valorar hacia donde van esos
avances ni quien los controla. La realidad es que no sabe a
donde ir ni qué buscar. Afirma la ensayista que para la
izquierda no debe haber más ideal que el del progreso así
concebido: “un estado de ánimo renacentista, radicalmente humano
y creador, constituye la necesidad más perentoria de las ideas
de progreso”, frente a los que lo han desprestigiado para
justificar el conservadurismo o confundirlo con el cambio por el
cambio o sólo el progreso material, y cita al revolucionario
francés Condorlet: “Nuestras esperanzas sobre los destinos
futuros de la especie humana pueden reducirse a estas tres
cuestiones: la destrucción de la desigualdad entre las naciones,
los progresos de la igualdad en un mismo pueblo y, en fin, el
perfeccionamiento del hombre”. El progreso por tanto no puede
ser otra cosa que la búsqueda de la igualdad pero la izquierda
lo ha sustituido por la praxis de la derecha. Para reafirmarlo
recurre a Roberto Bobbio: “La distinción entre derecha e
izquierda, para la que el ideal de igualdad siempre ha sido la
estrella polar a la que ha mirado, es muy clara. Basta con
desplazar la mirada de la cuestión social en el interior de cada
Estado, de la que nació la izquierda en el siglo XIX, hacia la
cuestión social internacional, para darse cuenta de que la
izquierda no sólo no ha concluido su propio camino, sino que
apenas lo ha comenzado”.
La periodista Irene Lozano insiste en afirmar que el intelectual
y la izquierda se han cobijado al lado del poder y que esta está
en manos de representantes oficiales sin fuerzas para soltar
lastre y advierte que el pasotismo es conservadurismo y se
transmuta en una rebeldía de la derecha que concita fervores en
un sector de la sociedad. No hay debate de ideas, porque no hay
ideas para debatir: “La debacle de ambos corre pareja y se debe
a las mismas causas: la traición de los ideales ilustrados, la
búsqueda del cobijo del poder, la renuncia a los valores
propios, la disgregación y por encima de todo, el sentimiento
común de impotencia”. Defiende claramente que la frustración de
la izquierda lleva a la extrema derecha, dando paso a un
sentimiento cada vez más enraizado de la inutilidad del político
y el desprestigio de la política y señala que en este juego se
han prestado y se prestan unos y otros a su desguace. La
libertad que proclama la izquierda oficial es muy parecida a la
de los liberales: frente a los valores de justicia se superponen
los del mercado. Así la intervención pública es dañina y “el
desgobierno da beneficios sin límites a los fuertes y consagra
la vulnerabilidad de los débiles”.
Mientras la
izquierda se acomodaba al sistema, claudicaba, era incapaz de
buscar otras vías hundiéndose en la desazón -aquí incluye
también a los sindicatos mayoritarios-, la derecha larvaba una
política de control del mercado y de los gobiernos. “La
izquierda sigue pensando económicamente en el carril de vía
estrecha, olvidada de discutir políticamente, porque si
calafatear con dinero público las grietas bancarias es en algo
un pensamiento socialista, sólo lo es en cuanto “socialismo para
ricos”, como lo llamó el economista americano Nouriel Roubini” y
ha de admitirse que “el mayor golpe propinado por la humanidad
rasa al capital en los últimos cuarenta años, suponiendo que se
le hiciera algún rasguño en mayo del 68, ha sido obra del propio
capital”. Por eso advierte y cita a Weil: “Que una misma
emoción agite al mismo tiempo a un gran número de desdichados es
algo que sucede muy a menudo por el curso natural de las cosas,
pero de ordinario, esa emoción, apenas despertada, es reprimida
por el sentimiento de una impotencia irremediable. Alimentar ese
sentimiento de impotencia es el primer artículo de una política
hábil por parte de los amos”.
En definitiva
un gran análisis sobre la situación que vivimos, sobre la
claudicación de la izquierda oficial, pero sobre todo una
aportación al debate de ideas, a la reflexión y a la búsqueda de
alternativas, que recomiendo sin ningún tipo de dudas.
|