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Antonio Morales Méndez (*)
Aunque de este virus se viene
hablando desde hace varios años, desde que saltara la alarma con el
fallecimiento de la primera víctima afectada por la gripe A, allá
por el mes de mayo, no pasa un día sin que los medios de
comunicación dejen de desgranar, puntuales, una letanía de
informaciones de todo tipo sobre la pandemia, además de irnos
contando, poco a poco, como en un goteo en el que se recrean, el
número de muertos causado por el H1N1.
No voy a entrar con este
artículo en la polémica sobre si se trata de una exagerada alarma de
la OMS o no. Ni siquiera si detrás se esconden otros tipos de
intereses a los que les viene bien el miedo, la parálisis que éste
provoca y el que miremos para otro lado… La verdad es que cada día
que pasa aparecen opiniones autorizadas con posiciones radicalmente
enfrentadas: están las que desconfían y critican con rotundidad la
alarma y el pavor que se ha sembrado, como sucede con la del
presidente del Consejo General de Colegios de Médicos (OMC) que
afirma que “las epidemias de miedo siempre se crean con algún
interés” y que ésta, que “promueve respuestas exageradas” apunta a
intereses económicos y políticos; con las de varias asociaciones de
pediatras que apuntan que no se debe vacunar de forma prioritaria a
los niños o la del catedrático y experto de la FAO, José Manuel
Sánchez Vizcaíno que dice que si seguimos alertando de esta manera
“nos puede suceder como el cuento del lobo” y, por otro lado están
las opiniones de los que aseguran, como el presidente del Colegio de
Veterinarios y otros, que nos puede caer una muy gorda encima y que,
aunque no fuera así, habría que intensificar las medidas de
prevención y que, en cualquier caso, la OMS ha actuado correctamente
en su intención de evitar una propagación sin límites de un virus,
parece que por ahora bastante benigno, pero que podría ser
susceptible de rearmarse de manera mortífera.
Pero al hilo de todo esto si
me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones sobre este
hecho y su alcance y derivaciones hacia otros aspectos que tienen
que ver con lo más perverso de la globalización y el poder económico
sin control del neoliberalismo, las desigualdades que asolan a este
planeta y la utilización siniestra de este hecho para que algunos
acometan recortes de libertades.
No son pocos los que insisten
en relacionar el virus con la voracidad de los mercados y la
precariedad alimentaria en la que nos movemos, fruto de la
especulación irresponsable. En un documentado artículo, publicado
en Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet sitúa el origen del virus
en una explotación de cerdos en La Gloria, un pueblecito del Estado
mexicano de Veracruz, propiedad de la empresa productora de carne
porcina más importante del mundo y la tercera compañía
estadounidense en producción de alimentos, donde más de un millón de
cerdos viven hacinados en inmundas pocilgas, sin ningún tipo de
condiciones higiénicas, rodeados de cadáveres descompuestos,
millones de moscas…. Es más, el seguimiento constante de sus
prácticas por las autoridades norteamericanas los ha obligado a
trasladarse a países del Tercer Mundo con legislaciones
medioambientales más laxas. También la Pew Comisión de EEUU
advirtió en 2008 que estos métodos de producción alimenticia
suponían un ataque contra la salud. Larry Elliott, editor del área
económica de The Guardian, afirma en “Nuevas señales de un malestar
más grande” que “la crisis financiera, la crisis ecológica y, ahora,
la potencial crisis de la salud pública, son pruebas más que
suficientes de que lo que es bueno para los grandes negocios no es
necesariamente bueno para nosotros”. El columnista de The Times, Ben
MacIntyre, dice en “Nos hemos buscado la nueva gripe” que lo que
está sucediendo es consecuencia de nuestra avidez de carne barata,
de tratar a los animales como una “materia prima que hay que
aprovechar de la forma que aumente más y mejor la producción y los
beneficios”.
No nos debe extrañar entonces
que el propio mercado, lejos de amilanarse, lejos de verse
perjudicado por una práctica especulativa que pone en riesgo la
salud de los habitantes del planeta y de su ecosistema -el “mal de
las vacas locas”, la gripe aviar, la utilización de pesticidas, de
dioxinas y residuos químicos sin límites, el empleo de transgénicos,
el esquilme de peces para el alimento de las crías de las
piscifactorías…, son algunos de los ejemplos- reaccione con una
inteligencia refinada y, cuando más acongojados nos encontramos
todos, ponga en marcha un mecanismo extraordinario para enriquecerse
con nuestros propios miedos y, teóricamente, para salvarnos. No nos
puede extrañar por tanto que en muy poco tiempo inunden las
farmacias cinco mil millones de vacunas para la gripe A con unas
previsiones de llegar hasta cinco billones de dosis anuales y que un
mes después de aparecer la gripe en México, los fabricantes de los
antivirales ya habían ganado 8.800 millones en la bolsa; que Roche,
la propietaria de Tamiflu, ya había subido en el mes de mayo un 7%
su cotización y la fabricante de Relenza (GlaxoSmithKline)
revalorizara sus acciones en un 5%. Y lo mismo sucedió “casualmente”
con la otra gripe de origen animal, que “sólo” produjo la muerte de
250 personas en todo el mundo, pero que vendió millones y millones
de dosis del Tamiflu, desde una empresa farmacéutica participada por
Donald Rumsfedl, sí, el fiel escudero de George Bush.
Y mientras esto sucede, de nuevo se vuelve a insistir en abrir
abismos entre los distintos pueblos de la Tierra, entre este primer
mundo nuestro y los países empobrecidos. Así las patentes de los
grandes remedios para garantizar la salud pública mundial se
encuentran en manos de las más potentes multinacionales que se
resisten como gato panza arriba a cederlas a los países más pobres o
siquiera a hacérselas asequibles. Para los investigadores americanos
Moon y Banjul (Algo más que una gripe), la protección indiscriminada
de las patentes farmacéuticas conduce a la creación de monopolios de
facto que limitan la producción de medicamentos y elevan de forma
considerable sus precios”. Para el experto de la OMS Germán
Velásquez “en la epidemia de sida hay nueve millones de personas que
necesitan medicamentos y sólo tres los reciben”. También Javier
Garau, presidente de la Sociedad europea de Microbiología y
Enfermedades Infecciosas no duda en afirmar que “a los países pobres
no llegarán las vacunas del H1N1”. Igualmente la farmacéutica india
Cipla solicitó a la OMS poder fabricar un retroviral en el año 2008
y todavía no ha recibido autorización para hacerlo, según C.E. Bayo
en Público.
Al tiempo que nos volvemos locos
por una amenaza incierta y removemos cielo y tierra para alcanzar un
antídoto, pagando lo que sea por conseguirlo a las grandes
multinacionales que tienen la llave de nuestra salud, millones de
personas, niños y adultos, mueren cada año de sida, malaria, dengue,
chagas… pero también de gripe común, tifus, tosferina…sin que se
despierten los mecanismos de justicia social o solidaridad que
deberían hacer posible una ONU endeble o un G-20 que sólo va a lo
suyo.
Pero existe además otro riesgo
que pone en peligro la salud de la democracia y es que, al amparo
del miedo, el desconcierto y la incertidumbre, desde algunos
espacios de poder se empiezan a alentar y a desarrollar acciones
encaminadas a coartar libertades. Ha pasado en Estados Unidos, donde
distintos grupos racistas y xenófobos -Americanos por la Inmigración
Legal es uno de ellos- han recrudecido sus acciones en contra de los
inmigrantes mexicanos utilizando el miedo al contagio como excusa, o
lo que está pasando en Francia, por ejemplo, donde un grupo de
intelectuales y científicos, entre ellos la Premio Nobel de
Medicina, Barre-Sinoussi, han firmado un manifiesto denunciando un
plan oculto del Gobierno francés en el que se prevé implantar el
estado de excepción en el país galo de recrudecerse la pandemia.
Hemos hecho tanto daño a este
planeta, hemos destruido tantos valores y sustentado tantas cosas en
una economía de mercado que alienta tantas desigualdades, que en
esta Arcadia de falsa felicidad no podemos dejar de lado lo que
advertía Albert Camus en La Peste, una alegoría de la invasión nazi:
“esta muchedumbre dichosa ignoraba (…) que el bacilo de la peste no
muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios
dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las
alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles,
y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y
enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir
a una ciudad dichosa”.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Primer mundo vs países empobrecidos..
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