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Antonio Morales Méndez (*)
En
1972 un grupo de científicos, bajo el amparo del Club de Roma,
elaboró un estudio- “Los límites del crecimiento”- en el que
analizaron las perspectivas de la evolución de la humanidad y la
economía global desde un conjunto de proyecciones donde se advertía
acerca del crecimiento incontrolado en un planeta finito. En 1991,
una revisión de aquel trabajo- “Más allá de los límites del
crecimiento”-, profundizaba en la advertencia de que el ritmo
acelerado de progresión económica estaba produciendo daños
irreversibles en la Tierra y, en 2002, en “Los límites del
crecimiento 30 años después”, los autores amenazan con un colapso
repentino si no somos capaces de cambiar el modelo en que se
sustenta el desarrollo económico imperante.
Empiezo este
artículo documentando el título con que lo he encabezado para
trasladarles mi preocupación sobre el peligroso desarrollismo
dominante que sigue impregnando una parte importante del pensamiento
mediático, empresarial y político en Canarias. Y digo esto porque,
cada vez que se alzan voces cuestionando cualquier proyecto donde el
hormigón se convierte en protagonista, arrecian andanadas de todo
tipo poniendo en solfa al que osa plantear tamaña blasfemia. Se
trata de un asunto peligrosamente recurrente que no consigue sino
empobrecer el debate, condicionar nuestro modelo de futuro y
mediatizar, desde el miedo y la incertidumbre, el sentir colectivo.
Como si no existiesen alternativas. Como si la mediocridad instalada
no nos estuviese sometiendo a las cifras más altas de pobreza, de
endeudamiento, de paro, de fracaso escolar, de quiebra en los
servicios públicos, de dependencia del sistema productivo…
Efectivamente, se
trata de un tema peligrosamente recurrente que consiste en
justificar la incapacidad de propiciar cambios estructurales reales
que hagan efectivo un nuevo modelo económico y por eso se sigue
basando todo en más y más cemento y nada más que cemento, aderezado
con los tópicos de siempre de un turismo de calidad, una
planificación estratégica y bla, bla, bla. No parece haber más
opciones que la de hacer un seguidismo a ultranza del modus operandi
y no hay mejor muestra que la escenificación de la reciente
conferencia de José Manuel Soria en Madrid en compañía de lo más
granado del empresariado local que se trasladó a la capital del
reino a escuchar al vicepresidente de la Comunidad española con los
peores ratios de la crisis (de los cuales tiene una gran parte de
responsabilidad, puesto que esta cogobernándola) explicando cómo
superarla.
Y es que no nos
podemos apartar del rebaño, porque corres el riesgo de ser
estigmatizado hasta el agotamiento. Si hablas de hacer una apuesta
por las renovables, la eficiencia y el ahorro frente a la
potenciación de los combustibles fósiles, si planteas un modelo
educativo fortalecido y adaptado a una opción de futuro distinta; si
defiendes las prestaciones sociales ligadas a una sanidad pública de
calidad y a unos servicios sociales que garanticen la igualdad de
los más desprotegidos; si peleas por romper la dependencia
alimentaria y fortalecer nuestro sector primario; si reivindicas una
industria moderna ligada a la investigación, la comunicación y las
nuevas tecnologías; si crees en un modelo de desarrollo turístico
que respete y ponga en valor nuestro paisaje y nuestra cultura, si
defiendes todo esto y pones en cuestión algunos megaproyectos en
honor a San Hormigón Armado, entonces es que estás contra el
progreso y te niegas a todo o, lo que es peor, se lo estamos
poniendo en bandeja a Tenerife. Y si no a Marruecos.
Y es que, de manera sibilina, desde una clase política y empresarial
mediocre, nos van imponiendo necesidades, a una sociedad
adormecida, sin que nos demos cuenta apenas. Da lo mismo que sea
una tercera pista que no se justifica, o una tangencial para
ahorrarte cinco minutos en carretera. Da lo mismo. No lo he visto
expresado más claro que en una viñeta de J.Morgan en Canarias 7 en
la que aparecen dos personajes conversando. Uno de ellos
comenta:”las obras del puerto deportivo van a buen ritmo” y el otro,
sorprendido, afirma: “sí, el problema es que este municipio no
tiene mar…”, a lo que el primero replica: “¿no te estarás volviendo
ecologista, verdad…?
Hace unas semanas
El País publicaba un reportaje formidable, a doble página, que
titulaba “Viva la infraestructura (haga falta o no)”. Además de
afirmaciones como las de Edelmiro Rúa en las que se dice que “en
muchas ocasiones, los políticos crean necesidades ficticias para
apuntarse tantos”, priorizando a veces obras más vistosas antes que
otras necesarias, la profesora Carme Miralles-Guasch insistía en una
mayor racionalidad y en “evaluar la conveniencia de una obra desde
un punto de vista económico, social, ambiental y técnico”, algo que
por estos lares se obvia muchas veces sin ningún pudor.
Dice José Luis
Sampedro que no se trata de ninguna utopía inalcanzable derivar el
desarrollismo actual hacia cauces más humanos. A pesar de las
advertencias, seguimos fiando nuestro porvenir a un crecimiento
perpetuo e ilimitado.
En un territorio
tan escaso como el nuestro adquiere toda su dimensión el Índice de
Progreso Genuino (IPG), que señala, como advierte Win Dierckxsens,
que el crecimiento del PIB tiene costos y beneficios y que
determinados desarrollos incontrolados pueden ser altamente
antieconómicos. Herman Daly, el gurú de la economía estacionaria,
miembro del Departamento de Medio Ambiente del Banco Mundial, nos
dice en “La “manía” por el crecimiento” que “la orientación del
progreso económico debería cambiar del crecimiento cuantitativo al
cualitativo e iniciar una etapa de desarrollo sostenible, una
economía estable o una “condición estacionaria” de la población y el
capital”.
Lo que no está
nunca de más es el debate y la expresión pública de las ideas.
Aunque a algunos les asuste o incomode.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Viñeta de Morgan el 01.02.10 en Canarias7
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