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Antonio Morales Méndez (*)
La democracia
nació con los griegos seis siglos antes de Cristo. Mucho se ha
andado desde entonces para hacer posible un sistema de personas
dignas y libres. Innumerables guerras, muchas muertes heroicas, y
muchas muertes silenciosas, han permitido que hoy día, en muchos
rincones de este planeta, podamos vivir al amparo de un Estado de
Derecho con enormes garantías. Realmente fue en el siglo XIX cuando
se volvió a instaurar un régimen democrático, con numerosas
imperfecciones y cortapisas, que no garantizaba el sufragio
universal. No fue hasta el siglo XX que se reconoció el derecho a
que todos los ciudadanos, sin importar su condición social, su
formación o su género, pudieran ejercer su derecho al voto, sin
impedimentos.
Al margen de la crisis económica que
asola al mundo, lo que supone también una pérdida de valores
democráticos al hacer recaer lo peor de la situación en los sectores
más débiles de la sociedad, poniendo sobre el tapete la mayor de sus
imperfecciones, en España, y desde luego en Canarias, en los últimos
años, estamos asistiendo a un proceso galopante de deterioro del
sistema democrático que alcanza, inevitablemente, al corazón del
propio Estado de Derecho. Desde luego la pérdida de calidad de
nuestra democracia es alarmante y de un profundo calado.
En estos momentos los ciudadanos
asistimos perplejos a la constatación de la existencia de un Estado
débil, enfermo y cautivo. El poder económico ha fagocitado hasta el
límite al poder político que ha claudicado frente a otros espacios
impersonales, opacos y sin rostro. Los grandes grupos de poder
quitan y ponen a los políticos, hasta el punto de que los mercados
lo controlan absolutamente todo. Sin ningún tipo de dudas el
auténtico poder se ha trasladado desde los gobiernos a los mercados,
que imponen sus leyes frente al Estado, en una especie de dictadura
neoliberal del mercado mundial.
En los últimos años el aumento de las
rentas empresariales ha sido bestial, frente a la pérdida de poder
adquisitivo de los ciudadanos de a pie. Las bolsas de pobreza
aumentan cada día y, mientras se financia a los bancos -auténticos
responsables de la crisis que padecemos- el número de parados sigue
aumentando sin cesar. Son los más frágiles los que más están
sufriendo y las desigualdades sociales son también cada vez mayores.
Al tiempo que esto sucede vemos que
los gobiernos de turno de este país se mantienen al albur de lo que
se decide en otros lugares, incapaces de hacer frente al capitalismo
voraz y depredador; al poder del capital y las multinacionales, al
imperialismo de las guerras y del sometimiento de los pueblos para
acabar con sus recursos naturales…Los ciudadanos constatan
apesadumbrados cómo apenas existen diferencias entre la derecha y la
socialdemocracia a la hora de caer rendida ante el poder económico;
a la hora de hacer frente a los poderes controladores del Estado.
Para Anthony Giddens el socialismo ha renunciado a unas esencias
que se basaban “en la idea de que los mecanismos de mercado pueden
sustituirse por una economía regulada y en la tesis de que es
posible superar el capitalismo con una sociedad muy distinta”. Así
priman hoy las privatizaciones, la globalización perversa, las
decisiones de una oligarquía mundial…frente a los conceptos de
independencia, libertad y participación pública.
Mientras tanto, a nivel interno, en
los últimos años se ha ido produciendo una deriva peligrosa hacia el
control de los poderes del Estado por parte del gobierno que
corresponda. Así, es posible constatar que todos los mecanismos de
control y la imprescindible separación de poderes han saltado por
los aires. Frente a la necesidad de independencia de los tres
poderes consustanciales a la democracia, Legislativo, Judicial y
Ejecutivo, se ha ido tejiendo todo un entramado de anulación de los
demás por parte de este último que ha pasado a controlar al
Parlamento y toda y cada una de sus decisiones, hasta el punto de
que alguien ha llegado a sugerir el por qué de tantos diputados
cuando con reunirse los portavoces y anunciar cada uno lo que se va
a votar ya es suficiente.
Lo mismo sucede con la Justicia.
Desde el Consejo General del Poder Judicial, al Tribunal
Constitucional, pasando por el Tribunal Supremo, todos estos órganos
pretendidamente independientes y garantístas de un Estado de Derecho
frente a las arbitrariedades del gobernante, han quedado sometidos a
la decisión y nombramientos del Gobierno, que designa a personas de
su cuerda, ahora progresistas ayer conservadores, para mantener a
raya veleidades de control y garantizar impunidades.
Y si esto pasa con los tres pilares
fundamentales de la democracia, no vean entonces lo que ocurre con
el Tribunal de Cuentas, Tribunal de la Competencia y otros
organismos de control administrativo. Puro decorado al servicio del
Ejecutivo.
Y con ser esto gravísimo, que lo es,
no es desde luego la única anomalía que presenta esta joven
democracia española, que recién celebraba su treinta aniversario.
Permítanme que comparta con ustedes algunas reflexiones sobre otros
elementos imprescindibles para el buen funcionamiento de la
democracia española, que adolece de preocupantes vicios que ponen
en riesgo la esencia del sistema democrático español.
Es
completamente imprescindible en democracia garantizar que cualquier
ciudadano pueda acceder libremente a cualquier órgano del sistema.
En España esto no es posible tratándose de la Jefatura del Estado.
Si bien es verdad que la monarquía que se instauró en nuestro país
es fruto de una decisión colectiva, aunque podamos cuestionar el
proceso, la realidad es que, en estos momentos, se hace
absolutamente indispensable que se someta al control que rige para
todos los estamentos. No tendría que haberse dado lugar a que
Esquerra Republicana de Catalunya presentara ante el Tribunal
Europeo de los Derechos Humanos (TEDH) un recurso para que se le
permita conocer de qué manera la Casa Real gasta el dinero que
recibe de los impuestos de los ciudadanos, casi nueve millones de
euros, “para el sostenimiento de su Familia y Casa”
¿Cuánto cobra el Rey? ¿En qué
negocios participa?... no deben ser preguntas sin respuesta para el
común de los españoles ¿Por qué el Tribunal de Cuentas no audita,
como a cualquier institución, a la Casa Real? ¿Nos respalda
realmente todos los ciudadanos el principio de igualdad , auténtica
piedra angular de la democracia?
El funcionamiento de la mayoría de
los partidos políticos tampoco es un modelo de democracia. En los
últimos años se han venido convirtiendo en instrumentos de poder, al
margen de creencias e ideologías, alejados del sentir real de los
ciudadanos. Su subordinación al poder económico y del Estado y no al
de los militantes, los hace serviles y les resta la necesaria
independencia, lo que los ha abocado a una posición de sustitución
de la ideología por el pragmatismo y la homogeneización en la
búsqueda del poder por el poder. Hoy muchos partidos son
maquinarias, antidemocráticas y despilfarradoras, para mantener el
aparato que han ido creando, e incapaces de transmitir utopías y
nuevos liderazgos que promuevan cambios sociales ilusionantes. Un
enfrentamiento sin límites por el poder, al margen de los ciudadanos
y la situación de angustia que se vive, confirma lo que dice Enrique
Gil Calvo: “al desautorizarse mutuamente, todos nuestros políticos
pierden su autoridad, resultando incapaces de representar a nadie de
verdad. Y es así como la propia autoridad pública pierde su
legitimidad social”
La financiación de los
partidos políticos es uno de los grandes retos pendientes que ha
permitido la creación de un poder paralelo, un entramado de
intereses que sustituye al poder legítimo. Es uno de los elementos
principales de la corrupción que ha contaminado nuestra democracia.
En los últimos años, se ha producido una auténtica quiebra de la
moral pública convirtiéndose la corrupción en una situación aceptada
por muchos –una parte de la sociedad la combate y otra la acepta
porque quizás también lo harían si tuvieran la posibilidad- sin que
se arbitren fórmulas para corregirla, acudiéndose incluso por parte
de los partidos a un pacto de no agresión. Para Joaquín Estefanía
“la corrupción estructural es un delito de lesa democracia…porque
quien obtiene financiación irregular arremete tramposamente contra
el principio de igualdad”
Pero la corrupción no sólo afecta a
los partidos políticos sino que se ha instalado en amplios sectores
de la sociedad. Transparencia Internacional ha insistido en muchas
ocasiones en que las contrataciones de obras públicas y, cada vez
más, el sector de la construcción, son las principales vías para el
aumento y la perpetuidad de la corrupción.
(*) Antonio Morales
es Alcalde de Agüimes.
Imagen: El Bribón del Rey
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