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Antonio Morales Méndez (*)
En el artículo anterior, cuya segunda
parte ahora leen, analizaba algunos aspectos de esta joven
democracia nuestra y de su preocupante pérdida de calidad en los
últimos treinta años. Hablaba de la supremacía del poder económico
sobre el político, de la quiebra de la separación de poderes, de la
necesidad de transparencia en la Jefatura del Estado, del
funcionamiento de los partidos políticos y de la corrupción. Ahora
profundizo en otras de sus fisuras.
Aunque ya cité a la Justicia
anteriormente, como poder del Estado privado de su independencia,
con sus órganos de control (Tribunal Constitucional, Tribunal
Supremo, Consejo General del Poder Judicial) fuertemente
mediatizados por el Ejecutivo, debo añadir además que su
funcionamiento también supone un enorme lastre para el sistema
democrático. Fuertemente conservadora en su mayoría, endogámica y
corporativa, carece de medios para ser ágil, operativa e
igualitaria, lo que supone de hecho el que se creen enormes
desigualdades entre los que tienen recursos económicos y los que no,
ahondando en las diferencias sociales y creando una gran indefensión
para los españoles, con el consiguiente descrédito ciudadano.
Los sindicatos no permanecen al
margen de los déficits de los que adolece la democracia española en
la actualidad. Al igual que sucede con los partidos políticos, los
sindicatos de este país, a los que sólo están afiliados un 15’7% de
los asalariados - especialmente de la administración pública- se han
convertido en instrumentos del Estado, absolutamente dependientes de
él, que financia su funcionamiento de manera directa o a través de
múltiples y discutibles cursos de formación. Han aceptado sin más
las leyes del mercado y la utilización de los trabajadores. En estos
momentos de crisis, que pagan los más débiles, han permanecido hasta
ahora callados, sin cuestionar el sistema.
El llamado y aceptado comúnmente
“cuarto poder”, los medios de comunicación, ha ido derivando en
muchas ocasiones hacia una dependencia del poder político, porque
forman parte de él en muchos casos y hacia el interés económico del
que también forman parte por otras vías que no son las de la
comunicación. En la mayoría de los casos falla su poder de
contrapeso; de seguimiento, libre de perturbaciones, del gobierno o
de la oposición, dependiendo del lado en que se esté. El precio de
la comunicación, de la información que se traslada al ciudadano, se
suele pagar, muchas veces, a cuenta del interés general, bien por el
resultado de un pacto o por la compra directa de voluntades, con
dinero público.
Otro tanto sucede con los medios de
comunicación públicos, instrumentalizados en muchos casos, desde la
aportación escandalosa y sin control de dinero público.
Comenté anteriormente la peligrosa y
antidemocrática sociedad dual que se ha ido creando en España. En
realidad un estado democrático está obligado a poner en marcha
mecanismos correctores que tiendan a implantar medidas que frenen
las desigualdades sociales. La despreocupación y la inacción han
propiciado todo lo contrario y han abierto abismos de diferencias
sociales, hasta el punto de que entre 1999 y 2006 el beneficio
empresarial aumentó en este país en un 73% y el salario medio de los
españoles bajó en su poder adquisitivo un 4%. Más de un 30% de
nuestros hombres y mujeres se encuentran en situación de pobreza
relativa y casi un 6% de pobreza severa, frente a los ingresos
escandalosos y desorbitados de los directivos de la banca y los
grandes holding empresariales. El gasto social español está situado
a diez puntos de diferencia, por debajo, de la media europea, lo que
propicia que, según el profesor Vicenc Navarro, se produzcan
diferencia de 10 años menos de vida de promedio para las clases
sociales más desfavorecidas.
Podría
poner infinidad de ejemplos, pero voy a citar de pasada el abandono
de sectores estratégicos para el desarrollo de políticas
igualitarias como el de la educación con una escuela pública cada
vez más deteriorada y abandonada y con unos índices de fracaso
alarmantes propiciado en muchas ocasiones por la irresponsable lucha
partidista, sin tenerse en cuenta que la educación y la formación, y
por tanto el conocimiento, son valores democráticos fundamentales.
Eso sí, esto no es así en la enseñanza privada para los que pueden
pagársela. Otro tanto sucede con la sanidad, donde se ha venido
produciendo una pérdida constante de las prestaciones universales y
la atención en los servicios públicos, frente a su privatización. De
nuevo un abismo asistencial entre los que poseen recursos económicos
y los que no. El deterioro de la seguridad pública, que pone en
riesgo el principio de seguridad y libertad, ha dado lugar a la
proliferación de la seguridad privada, que, de nuevo, garantiza
mejores servicios para los que más tienen. Y podría seguir hablando
de la vivienda, de los alimentos y de tantos otros aspectos, que son
la justificación de la existencia de la acción pública democrática
sin ningún tipo de condicionamientos externos y que han pasado a un
segundísimo plano. El Estado debe servir al ciudadano y realizar
todo el intervencionismo posible para evitar arbitrariedades y las
diferencias sociales que hoy padecemos, y eso, en realidad, no
existe.
Y si esto es así para el conjunto del
Estado, no vean lo que sucede en Canarias donde hemos visto, en los
últimos años, merodear la corrupción sin tapujos por los ámbitos del
poder; donde los órganos de control del Parlamento y el Gobierno
como la Audiencia de Cuentas y el Consejo Consultivo, designados por
los partidos de turno, permanecen en precario y sin renovar; donde
la televisión pública juega un papel político partidista de primer
orden, desde un presupuesto exorbitante; donde se ha sustituido el
debate sereno por la crispación; donde la sanidad y la educación se
encuentran con las peores ratios del Estado; donde las desigualdades
territoriales se han apurado hasta el infinito primando a unos
ciudadanos y unas islas en detrimento de otras; donde un sistema
electoral alienante y profundamente antidemocrático hace que más de
ciento cincuenta mil votos de hombres y mujeres de nuestra tierra
vayan directamente a la papelera…
No nos puede entonces extrañar que
los ciudadanos se encuentren al margen de la toma de decisiones y se
vuelvan apáticos o tolerantes y que en los procesos electorales
menos próximos apenas se acerquen en un 50% a las urnas,-¡qué
paradoja la de Canarias donde además de esta mínima participación,
un 18% de este porcentaje no se tiene en cuenta!-.No nos puede
extrañar observar a los ciudadanos sometidos al miedo y a la
indefensión, más que a sentirse seguros y servidos por el Estado. Se
hecha de menos, para la consecución de un sistema serio y riguroso,
la participación de los intelectuales, la mayoría de ellos en la
actualidad faltos de compromiso; falta la participación activa de la
sociedad en la toma de decisiones.
La democracia sólo tiene sentido
desde la libertad, que como decía Azaña “no hace felices a los
hombres. Los hace sencillamente hombres”. No es posible, y es
peligroso, muy peligroso, que las nuevas generaciones, como afirma
George Steiner, pierdan la posibilidad de la esperanza.
La democracia debe ser algo más que
la pura lucha por el poder que hoy visualizamos día a día. Joaquín
Almunia decía en 2003: “frente a quienes encubren bajo el manto del
pragmatismo y de la eficacia una obsesión por acumular en sus manos
todo el poder, la política española necesita urgentemente una
inyección de convicciones y de confianza”, lo decía por Aznar, pero
llegados al momento actual ¿creen ustedes que la situación ha
cambiado mucho?
Hoy más que nunca se hace necesario
trabajar en la defensa de una sociedad más libre, que tenga como
objetivos fundamentales los derechos civiles y la participación de
todos en la política; que los poderes del Estado sean auténticamente
independientes; que se nos garantice una justicia real y
democrática; que podamos vivir manifestando libremente cualquiera de
nuestras opciones de sexo, raza, ideológica, cultural…que seamos
libres para creer sin que ninguna religión imponga nada al Estado y
a la sociedad civil y que se nos garantice un marco de igualdad en
los servicios públicos, en las oportunidades, en los valores y en la
utilización de los recursos públicos.
Para Adela Cortina “hay muchas
tareas pendientes para la construcción de una democracia: crear
partidos democráticos, capaces de contagiar a la sociedad democracia
y pluralismo, poner trabas al gobierno de las minorías, quitar
fuerza a los aparatos de los partidos, promover una ciudadanía
activa. Pero lo más importante consiste, a mi juicio, en formar
mayorías cultivando pueblo y no masa”.
(*) Antonio Morales
es Alcalde de Agüimes.
Imagen: El Bribón del Rey
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