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Antonio Morales Méndez (*)
Cuando la peor crisis económica
que azota a este mundo desde la Segunda Guerra Mundial aprieta,
hasta asfixiar, a importantes sectores de la sociedad; cuando la
barbarie a la que nos arrastró este sistema neoliberal ha puesto de
rodillas a la mayoría de los gobiernos de este planeta, constatamos
cada día que, como siempre, no todos la sufren de la misma manera.
Así vemos como son los sectores más desprotegidos los que, con
mayor virulencia, están soportando los resultados más adversos de la
especulación y los robos a mansalva y los que se ven avocados a la
pobreza, la marginación y la pérdida de derechos individuales y
públicos.
Frente a todo esto, los
ciudadanos observamos a unos estados débiles, prisioneros del poder
económico, e incapaces de ofrecer alternativas sólidas para
ahuyentar los demonios de la discriminación, la miseria, la
desesperación y la injusticia social.
Mientras se destinan
miles y miles de millones a apuntalar un mundo financiero sobre el
que se sustenta un sistema que ha convertido a los gobiernos
democráticos en pura anécdota, no cesan de surgir voces llamando a
la reducción de los logros alcanzados en el terreno laboral y
social.
A la enorme bolsa de
parados de más de cuatro millones se añade el dato desolador de la
incapacidad, la despreocupación, la inacción y la irresponsabilidad
a la hora de hacer frente a las ayudas que demandan los mayores y
las personas dependientes de este país, que ven como se agrava
enormemente su situación en estos momentos .
Cuando en enero de 2007
entraba en vigor la Ley de Dependencia, se abría al tiempo la
esperanza y la ilusión de varios millones de ciudadanos. Dos años y
medio más tarde la rabia, la frustración y la impotencia han ocupado
estos espacios, como consecuencia de la incapacidad de muchas
administraciones públicas para afrontar la realidad, con lo que se
quiebra así un derecho social alcanzado desde la reivindicación
permanente de los sectores afectados.
Los datos son estremecedores. Para la CEAFA (Confederación Española
de Enfermos de Alzheimer y otras Demencias), la asociación que acoge
en su seno al sector menos protegido dentro de la Ley de
Dependencia, alrededor del 90 % de los más de dos millones de los
dependientes españoles son atendidos en casa por sus familiares, que
dedican unas 60 horas semanales a cuidarlos por un periodo medio de
12 años. El perfil del cuidador es el de una mujer de 40 a 65 años
- el promedio es de 53 años- que compagina muchas veces su actividad
profesional, aunque en su mayoría ejercen de amas de casa, con el
cuidado del dependiente. El trabajo sin remuneración que realizan
las mujeres cuidando a sus familiares supone un 60% del PIB de este
país. Un 12% de las personas que ayudan a otras tiene más de 70
años; el 15% de las mujeres dependientes son cuidadas por sus
maridos, frente a un 35,5% de varones que son cuidados por sus
mujeres; un 40,6% de mujeres son cuidadas por sus hijas, frente a un
35,5% de hombres.
Mientras la media europea
de plazas residenciales es de 5,1 por cien personas, en España
apenas llegamos a 3; el número de centros residenciales no llega al
millar; si en los países nórdicos se destina más del 2% del PIB a la
cobertura social y en centroeuropa un 1,2%, en España sólo
alcanzamos el 0,3 %, según el profesor Luis Pérez Bueno. Además,
nuestros Centros de Día, al igual que los Centros Ocupacionales no
consiguen la cifra del millar y tampoco llegan a un centenar los
Centros de Rehabilitación Psicosocial para las personas con
discapacidad; sólo un 1% de los enfermos de Alzheimer reciben
atención asistencial; la mayoría de los hospitales no disponen de
unidades geriátricas; el servicio de ayuda a domicilio no llega al
4% de la demanda; la teleasistencia a un 2% y sólo existe una plaza
de centro de día por cada doscientos mayores. A través de los
servicios sociales públicos apenas se atiende a un 2,5% de mayores y
la red de apoyo a menores de 65 años y de personas con discapacidad
es aún mucho menor.
Dos años y medio después
de aprobada la Ley de la Dependencia, el enfermo sigue dependiendo
de las familias, que hacen todo lo posible por atender sus
necesidades físicas, darles cariño y afecto, mantener su estima y
hacerles sentirse útiles y seguros en su entorno, lo que no pocas
veces se traduce para sus cuidadores en fatiga crónica, aislamiento,
consumo de excitantes, insomnio, daños psicosomáticos,
irritabilidad, depresión, rabia, vergüenza y culpabilidad.
Dos años y medio después
de aprobada la Ley de Dependencia, constatamos con desolación como
la burocracia y los enfrentamientos entre administraciones ha hecho
que sólo siete Autonomías den ayudas para prevenir la dependencia;
que Canarias, por delante sólo de Murcia, es la segunda Autonomía
que peor implanta la Ley de Dependencia, recibiendo una puntuación
de cero en la transferencia de recursos a los ayuntamientos, en el
equilibrio entre prestaciones y servicios y en la cifra de
dictámenes resueltos sobre las solicitudes; que la media para
recibir las ayudas es de 8 meses y en algunos lugares se alcanza el
año largo; que los baremos que se aplican excluyen a un 20% de los
enfermos mentales; que más de un 50% de dependientes aún no recibe
ningún tipo de asistencia; que no se han desarrollado medidas
laborales para compatibilizar la actividad laboral y el cuidado del
enfermo...
Como pueden observar,
todo gira alrededor de una enorme incompetencia, irresponsabilidad y
desidia. Por eso la importancia de las asociaciones, del papel del
voluntariado y de su capacidad para abrir canales de comunicación
con las administraciones más cercanas, los ayuntamientos -un claro
ejemplo es el sureste e INAFA- que, más allá de sus competencias,
han escuchado el sentir de las familias para hacer posible que
muchos de los dependientes que nos rodean y de sus cuidadores tengan
un espacio para la atención y la asistencia
¡Cuanto debemos a las
asociaciones, voluntarios y familiares, por tejer redes sociales de
solidaridad, afecto, dedicación y entusiasmo para con los que más lo
necesitan y por hacer posible una excepción ante los datos que nos
dicen que en esta tierra apenas uno de cada cien enfermos de
Alzheimer recibe asistencia específica!
Según Adela Cortina
”Para que no haya ciudades de segunda, la articulación del Estado
con las Comunidades Autónomas y con los Ayuntamientos no puede
quedar al albur de la lotería política, que la atención dependa del
lugar de residencia. Cosa que no sólo ocurre en el caso de la
dependencia, sino en muchos otros que generan en España ciudadanía
de segunda”.
Y desde luego, cuando se
habla de un nuevo modelo de Economía Sostenible habría que escuchar
atentamente a esta Catedrática de Ética y Filosofía Política: “Lo
que vale, cuesta. En recursos humanos, políticos, sociales y
económicos. El cuidado de todos nosotros cuando somos dependientes
es un yacimiento de empleo, pero tiene que conjugar salarios dignos
con dedicación cuidadosa”.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Ideas perdidas
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