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Antonio Morales Méndez (*)
Desde la constitución de los ayuntamientos democráticos en el año
1979, existe una coincidencia generalizada en una buena parte de la
sociedad a la hora de valorar el papel positivo de los municipios
españoles. Podría llenar páginas y páginas con aportaciones de
distintos expertos acerca de la importancia de la Administración
Local en el desarrollo socioeconómico del Estado español y del
ninguneo con el que se la ha tratado hasta el momento por el resto
de las instituciones, pero he elegido sólo algunas manifestaciones
especialmente significativas, como apoyo a la idea fuerza que
intento hacerles llegar con este texto, en un momento en el que el
Cabildo de Gran Canaria pretende acabar con el Plan de Cooperación
Municipal puesto en marcha en 1996 con la intención de “propiciar
que todos los ciudadanos de esta Isla, cualquiera que sea el
Municipio al que pertenezcan, tengan el mismo nivel de servicios
públicos básicos, es decir, garantizar los principios de solidaridad
y equilibrio intermunicipal”.
En un editorial
publicado por EL PAÍS el 3 de agosto del año pasado, cuyo titular
tomo prestado para este artículo, se criticaba duramente –al hilo de
los numerosos casos de corrupción- que se dejara en segundo plano en
la negociación de la financiación autonómica el tema de la escasez
presupuestaria de los ayuntamientos, posponiéndose hasta 2011 la
discusión de un acuerdo de financiación municipal. Para el diario
madrileño “si los ayuntamientos siguen siendo la cenicienta del
sistema institucional, la calidad de vida de los ciudadanos sufrirá
un grave deterioro (…). No es un problema nuevo sino una de las más
graves deficiencias que arrastra el sistema institucional español
agravada ahora por la crisis económica”, y añadía que “es justo
reconocer que la mejora de la calidad de vida en España ha sido, en
gran medida, resultado de las políticas municipales, que han asumido
la construcción de infraestructuras y el establecimiento de nuevos
servicios especialmente útiles a los ciudadanos por su proximidad”.
Para Joan
Subirats, catedrático de Ciencias Políticas y director del Instituto
de Gobierno y Políticas Públicas de la UAB, el problema de las
ciudades y de los ciudadanos no es sólo coyuntural, es estructural
“y lo es ya que la importancia de las ciudades y de los gobiernos
locales en el bienestar y la supervivencia ciudadana no se
corresponde con las estrecheces económicas en la que viven los
ayuntamientos españoles. Las ciudades son hoy decisivas en el
bienestar individual y colectivo. Y en cambio las agendas locales
siguen fuertemente condicionadas por las limitaciones que impone un
porcentaje de gasto público que está lejos de la que es a la mayoría
de países europeos”
Para Ferry Davis,
Secretario general del Consejo de Europa, “el problema de Europa es
que son muchos los Estados en los que los Gobiernos Locales dependen
en exceso de la financiación de sus Gobiernos Centrales (…) y lo que
más me preocupa es que (en esta crisis) puedan ser los municipios
los que acaben pagando por las equivocaciones que han cometido
otros”. Coincide en ésto con Pedro Castro, presidente de la FEMP que
apunta que “la precaria situación de los Gobiernos Locales podría
dar lugar a situaciones no deseadas en muchos de nuestros pueblos y
ciudades, donde los ayuntamientos son la primera garantía del
sostenimiento de los servicios públicos básicos” y con Joseph
Ramoneda que afirma que “las autonomías crecen en dinero y poder. La
Administración central del Estado cede dinero y competencias, pero
no poder. Y los municipios siguen poco más o menos con la misma
cuota –en porcentaje- de gasto público que en la transición”. Y
podría seguir y seguir. Daría para un libro y más.
Desde luego nada
tiene que ver lo que está sucediendo con lo que recoge el artículo
142 de la Constitución española: “Las Haciendas Locales deberán
disponer de los medios suficientes para el desempeño de las
funciones que la ley atribuye a las Corporaciones respectivas y se
nutrirán fundamentalmente de tributos propios y de participación en
los del Estado y de las Comunidades Autónomas”.
Pues bien,
cuando todo esto se constata cada día, en una peligrosa deriva
antidemocrática que insiste en poner a los ayuntamientos a expensa
de las recaudaciones provenientes del mundo de las inmobiliarias y
la especulación urbanística; cuando adquiere cada día más certeza la
tesis de la catedrática de Hacienda Pública, Núria Bosch, que
sostiene que “la participación local en los ingresos generales del
Estado es insuficiente y sus criterios de distribución inadecuados;
las participaciones locales en los ingresos autonómicos están por
desarrollar y una parte importante del gasto municipal corresponde a
servicios impropios (competencia de otros niveles de
administración), sin que el sistema actual los cubra”; cuando el
Estado ha transferido competencias a las Autonomías y éstas a los
Cabildos sin que ninguno de ellos hagan un esfuerzo por cumplir con
el mandato constitucional de hacer lo propio con los municipios…, el
Cabildo de Gran Canaria presenta un borrador de presupuestos donde
pretende dejar sin financiación un Plan de Cooperación con los
municipios de esta Isla, que cumple ahora catorce años.
Concebido como un
instrumento extraordinario de democratización en la distribución de
los recursos, rompiendo de raíz la políticas clientelistas y
mendicantes, este Plan se creó bajo la presidencia en el ente
insular de José Macías, auspiciado por Carmelo Ramírez –al que ahora
condenan a sacrificarlo-, y continuó con María Eugenia Márquez,
José Manuel Soria y José Miguel Pérez, quien parece avocado a darle
la puntilla.
Pocas veces se ha
dado una unanimidad tan rotunda en el municipalismo grancanario como
la que se esta dando ahora con la negativa frontal a renunciar a
estos fondos. Y es que muchos ayuntamientos dependen actualmente de
estos recursos para hacer frente a sus necesidades de
infraestructuras, en algunos casos comprometidas en un gasto
plurianual, tal y como acordó el Cabildo en sesión plenaria al
recoger en las Normas Reguladoras que “el Plan de Cooperación con
los ayuntamientos 2008-2011 se acometerá en dos fases: la primera en
los años 2008-2009, la segunda en los años 2010-2011” y que “los
ayuntamientos que lo consideren podrán adelantar la ejecución de
las anualidades previstas”, cosa a la que muchos se acogieron.
Nos queda la vía
del diálogo – hemos anunciado que estamos dispuestos a aceptar la
reducción del Plan en la misma proporción en la que se reduzcan los
presupuestos insulares-, la del recurso administrativo –ya hemos
presentado una enmienda a los presupuestos cabildicios- y la del
contencioso administrativo –nos avala un informe jurídico de la
FECAM-. Todo menos renunciar a unos recursos fundamentales para
garantizar el funcionamiento de los municipios.
Mientras
Comunidades Autónomas como Castilla-La Mancha, Extremadura,
Andalucía y otras han puesto en marcha planes especiales para la
creación de empleo y para el refuerzo de las políticas sociales
desde los municipios, a los que la nuestra hace oídos sordos, el
Cabildo de Gran Canaria se suma a los despropósitos y pretende
llevar hasta el límite la grave situación de los municipios
grancanarios. Llegados a este punto, vuelvo a citar a Pedro Castro,
alcalde de Getafe: “El esfuerzo conjunto y la cooperación entre las
Administraciones Públicas (…) es la mejor forma de contribuir a
superar las dificultades económicas y de alcanzar mayor eficiencia
de los recursos públicos”. Aquí parecemos querer nadar contra
corriente.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
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