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Antonio Morales Méndez (*)
Mientras asistimos asombrados al
debate internacional generado en torno a las posiciones contrarias
de Europa y EEUU sobre si los bonus salvajes (los bonus millonarios
de los que nos llevaron a esta situación de crisis que sufrimos)
deben ser controlados y de esta manera regular los sueldos y las
indemnizaciones de la banca, por estos predios nos dedicamos a
insistir en la marginación, la descalificación y la siembra de dudas
generalizadas sobre los parados, el sector más frágil de nuestra
sociedad, el segmento de los conciudadanos que peor lo está pasando.
Así, el pasado diecisiete de
septiembre, tras un mes de medidas contradictorias, titubeantes y
discriminatorias,
donde primero el Gobierno anunciaba una ayuda
de 420 euros para los desempleados que dejaron de percibir sus
prestaciones a primeros de agosto y más tarde lo retrotraía al uno
de enero, el Parlamento español aprobó subsidiar con esta cantidad a
un 85% de los parados dejando en la cuneta, sumido en la mayor de
las indefensiones, al 15% restante. Sólo la diputada de UPyD Rosa
Díez votó en contra de una medida que califico de “cicatera e
injusta”.
Sin ningún tipo de
explicaciones el Estado deja sin protección a los hombres y mujeres
que más meses llevan fuera del mercado de trabajo y que transitan
cada día las fronteras del umbral de la pobreza en la que viven 8
millones de españoles.
Tras la debacle
propiciada por el neoliberalismo más brutal y salvaje el Estado,
lejos de actuar con la mayor y valiente de las contundencias, se
arruga y toma una medida que parchea la situación y, desde la más
grande de las discriminaciones, deja a los pies de los caballos a
varios centenares de miles de ciudadanos.
En una sociedad
democrática no cabe la menor duda de que el Estado está obligado a
garantizar la coexistencia pacífica, igualitaria y normalizada de
sus miembros. Está más que claro que la subordinación de varios
millones de personas a un subsidio de miseria los hace absolutamente
dependientes del Gobierno, minando sus derechos y garantías
constitucionales. Ya Rousseau planteaba que el Estado no debe sólo
garantizar unos ingresos decentes sino el acceso a ellos.
¿Puede existir una
sociedad democrática en la que millones de sus individuos no son
libres porque su independencia se ve minada por el paro y la
pobreza? Rotundamente no. La estructura del Estado no puede lavarse
las manos y abandonar a una parte de sus hijos. Ya Robespierre en su
discurso en la Asamblea Nacional francesa, el cinco de diciembre de
1790, afirmó con crudeza que “nosotros y los nuestros, todos
hermanos nacidos de una sola madre, no creemos que seamos esclavos
ni amos unos de otros, sino que la igualdad de nacimiento según la
naturaleza nos fuerza a buscar una igualdad política según la ley, y
a no ceder entre nosotros ante ninguna otra cosa sino ante la
opinión de la virtud y de la sensatez”
El político francés fue
el primero en hablar del derecho a la existencia, por el que el
individuo debe tener garantizado el existir, material y socialmente.
Más de trescientos años después, en España, las fuerzas políticas y
las instituciones, las mismas que siguen el juego al sistema
destinando miles y miles de millones de euros a salvar a la banca
desde la incentivación y los avales, se olvidan de estos preceptos
democráticos, que son también constitucionales, y dejan al garete a
centenares de miles de ciudadanos a los que obligan a mendigar ante
las “cáritas” o los ayuntamientos, cuando no a convertirse en mano
de obra barata de la economía sumergida, a enfermar, a delinquir en
muchos casos o a vivir el terrible drama de los veinte y tres
trabajadores de France Telecom que se han suicidado en los últimos
meses.
Mientras, en Canarias,
este Gobierno nuestro que sufrimos hasta el límite de lo soportable,
en un intento de desviar la atención sobre los espeluznantes
titulares que día tras día nos arrojan los medios de comunicación
(“catorce de cada cien hogares en las islas tiene a todos sus
miembros en el paro, el índice más alto del país”; “la tasa canaria
de población sin trabajo supera en casi ocho puntos la media
nacional”; “uno de cada tres desempleados de las islas supera más de
un año sin trabajo”; “Canarias se sitúa a la cabeza de las
comunidades con mayor tasa de desempleados”; “los trabajadores
canarios, los más baratos del Estado. Se emplean una hora más a la
semana y cobran casi 400 euros menos”…) pone en marcha toda su
artillería pesada para estigmatizar a nuestros parados.
Así, con gran despliegue mediático, el Gobierno, a través del
Servicio Canario de Empleo, lanza el mensaje de que “un importante
número de personas desempleadas” rechazan un empleo cuando se les
realiza una oferta pública de trabajo. Resulta ahora que aquí nos
sobra trabajo y el sistema funciona y que son los trabajadores
canarios, la parte más sensible, los que no quieren trabajar, los
que quieren seguir ganduleando. No se cuenta que en el caso de que
la prestación que esté cobrando el parado sea contributiva y de 900
euros, por ejemplo, se le llame para cobrar 500 a media jornada, lo
que supondrá una merma en sus ingresos hasta que se le compense el
diferencial, que a veces se hace rápido y otras no tanto. Si la
ayuda es asistencial y lo que le ofrecen es menos de lo que está
ganando, también se tiene que fastidiar, aunque luego no alcance
para cubrir los gastos mínimos de la familia. Si además nuestro
parado esta cobrando el desempleo y lo llaman para trabajar tres
meses, por ejemplo, luego, y a pesar de que la administración está
agilizando el trámite burocrático, con que le falle un documento, se
puede pasar algún tiempo hasta que le reanuden la prestación, aunque
sea lo único de que dispone la familia. Y no digamos si para acudir
al trabajo o a los cursos de formación que le ofrecen debe pagar
transporte y otros gastos ¿en qué queda entonces la prestación? ¿La
cambiaría usted por un salario más bajo si afectara a la
supervivencia de los suyos?
En definitiva, los
parados, los que se han visto de la noche a la mañana en la calle,
siendo las victimas principales del gran atraco internacional de la
banca y los neocon, los que se han visto sometidos a ERES
fraudulentos, a trabajos en precario, a tragar con vergonzosas
ruedas de molino para no ser despedidos.... ahora resulta que son
unos vagos ¿o no era este el mensaje que querían transmitir?
Frente a los brotes
verdes que anuncian la recuperación de un sistema que no está
dispuesto a cambiar ni a pedir disculpas, como parece vislumbrarse,
mucho me temo que nunca alcanzaremos el San Jamás que cantaba Bertol
Brecht: “en ese día de San Jamás/ un paraíso el mundo será/ ese día
seré yo aviador/ tu ese día serás general/ tendrá trabajo el hombre
parado/ la mujer pobre descansará”.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Jorge Rodríguez y el "canario standar"..
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