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Antonio Morales Méndez (*)
El 3 de mayo de 1979, casi
veintisiete millones de españoles fueron llamados a las urnas para
participar en las primeras elecciones municipales democráticas que
se celebraban en este país, 46 años después de que un golpe de
estado cruento cercenara de raíz cualquier intento de hacer posible
una comunidad municipal desde la decisión plural.
La mayoría de los
alcaldes y concejales que asumieron en aquel entonces la gestión de
los intereses de los 8.033 municipios españoles tuvo que hacer
enormes esfuerzos para hacer frente a las necesidades de las
infraestructuras más elementales, de las que carecían nuestros
pueblos y ciudades.
Desde la proximidad y el
calor que impregna la defensa de lo que es más cercano y querido, se
fue, poco a poco, forjando un modelo de ente local en el que se
tenían especialmente en cuenta las carencias sociales del conjunto
de la población. Paso a paso se fue consolidando un marco de
libertades, de pluralidad democrática, de servicios y prestaciones
básicas, de bienestar y calidad de vida.
Por primera vez en más de
cuatro décadas, hombres y mujeres de cada uno de los rincones de la
geografía española asumían libremente el compromiso de mejorar las
condiciones de vida y los servicios de sus conciudadanos. Así, el
municipalismo abrió el escenario del desarrollo y la consolidación
de la democracia y de la participación política.
Treinta años después, la
pelea diaria por seguir afianzando mayores y mejores cotas de
calidad de vida sigue teniendo en el municipalismo a su principal
valedor, pero también, desgraciadamente, sigue siendo la local la
administración pública más abandonada, la administración pública con
mayores dificultades para llegar a fin de mes, la administración
pública que se ha visto relegada al vagón de cola del proceso de
descentralización del Estado, después de haber encabezado la lucha
por la normalidad democrática.
Frente al dato
constatable de que la inversión pública ejecutada por los municipios
ha sido considerablemente mayor que la realizada por el Gobierno
central, y eso que el reparto financiero no llega al 15% del total
de todo el Estado, lo cierto es que la administración general del
Estado ha ido traspasando competencias a favor de las comunidades
autónomas, que ya representan más del 36% del gasto público,
mientras que los ayuntamientos apenas siguen en el 13% de
participación en dicho gasto. En el caso de Canarias, además, en los
últimos años se ha producido un proceso de transferencias desde la
Comunidad hacía los cabildos que, invariablemente, tampoco ha
llegado hasta los municipios.
En la actualidad,
alrededor de un 30% del gasto público municipal, unos 7.000 millones
de euros al año, corresponde a competencias de otras
administraciones que, sólo por responsabilidad y respeto a los
hombres y mujeres de la colectividad, asume el gobierno local. El
50% de los recursos de los ayuntamientos proviene, además, de
impuestos directos, frente a los de las autonomías donde esta cifra
apenas llega al 20%.
Pues bien, a pesar de
todo ello, los ciudadanos son conscientes de que, desde la
eficiencia e implicación de sus municipios, es posible alcanzar un
mayor grado de desarrollo, y es sin duda por esto por lo que en
todas las encuestas los ayuntamientos son las instituciones mejor
valoradas, lo que se traduce en que los ciudadanos participen de una
manera mas decidida en los procesos electorales.
Treinta años después se
hace imprescindible el reconocimiento al municipalismo, motor del
cambio social y de los avances más importantes de España, y se hace
ineludible un nuevo modelo de financiación económica que aleje a los
ayuntamientos de las deudas paralizantes y de las utilizaciones
perversas de herramientas como el planeamiento del suelo para
buscar, a la desesperada, soluciones con las que afrontar las
demandas sociales. Un nuevo modelo de financiación que hoy, más que
nunca, dada la situación de crisis socioeconómica que padecemos,
haga del municipio un instrumento de cercanía, de dinamización y de
vanguardia de primer orden para la búsqueda de recursos y para
garantizar las prestaciones mínimas a los ciudadanos.
Los problemas de la
inmigración, la exclusión social, los servicios sociales básicos,
las políticas reales de igualdad en todos los sentidos, las
políticas de desarrollo local de reactivación económica y de
creación de empleo, entre otras, son impensables sin la
participación protagonista de los ayuntamientos.
Veintisiete años después
de aprobada la Ley de Bases de Régimen Local, se hace absolutamente
necesario pactar su modificación para acercarla a la realidad que
vivimos, potenciar la autonomía política de los gobiernos locales,
su capacidad de ordenar y gestionar los asuntos públicos y
garantizar la independencia financiera que precisa para cumplir con
sus competencias y las que la realidad y la responsabilidad les ha
hecho asumir.
Resulta tristísimo ver a
la Federación de cabildos unida como una piña, al margen de los
colores políticos, reivindicando su deuda histórica, lo mismo que
hacen las autonomías, y asistir con una profunda desazón a la
inacción y al entreguismo político de la Federación Canaria de
Municipios. Menos mal que contamos con una Federación Española, que
ha hecho una apuesta decidida por poner en valor la presencia del
municipalismo, auténtico motor del cambio social y de los avances
más importantes de este país, y que ahora, además, propone una
actuación decidida en la inversión pública en infraestructuras para
dinamizar la economía, en el desarrollo de políticas sociales con
estructuras dotacionales sólidas (es impensable, por ejemplo
desarrollar la Ley de Dependencia sin los municipios), una inversión
fuerte en I+D+ i, y la aplicación de políticas sostenibles, desde la
“economía verde”, en materia de rehabilitación urbana, energías
renovables o ahorro energético.
No es posible una democracia plena
sin la potenciación de los municipios y sus ayuntamientos. Tomen
nota.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.

Imagen: Sesión Plenaria del Ayuntamiento de Agüimes
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