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Antonio Morales Méndez (*)
La semana pasada escribí un artículo en este medio haciendo una
reflexión sobre la vuelta a las andadas de la banca con el cobro de
bonus supermillonarios y la restricción de los créditos a las
empresas, después de que los gobiernos del mundo, en sus manos,
acudieran en su auxilio con dinero público para salvarlos y
salvarnos de una debacle universal a la que nos llevó su soberbia y
avaricia.
El mismo día
en que aparecía publicado mi texto, Joaquín Estefanía dedicaba una
página en El País a un artículo de Simon Johnson, antiguo economista
jefe del Fondo Monetario Internacional, titulado “El golpe de Estado
silencioso”, que recomiendo fervientemente y que puede encontrar
fácilmente en Internet, donde se preguntaba “sobre quién manda en
última instancia en el mundo de la economía: los representantes
elegidos por los ciudadanos o el planeta de los negocios. La
hegemonía de la política o de la economía.”
En mi
reflexión de hace unos días hacía referencia al anuncio de Barak
Obama de plantar cara a la banca y someterla al gobierno de lo
público, desde la duda de que sólo se tratara de fuegos de
artificios para frenar su pérdida de popularidad ante una ciudadanía
que contempla, muy enfadada, como se emplea una ingente cantidad de
dinero para salvar al sistema financiero mientras la población
pierde sus casas, sus empleos y su dignidad. Pues bien,
transcurridos apenas unos ocho días desde que el presidente
americano anunciara sus propuestas de control y lanzara el grito de
guerra de que “si estos tipos quieren pelea, la tendrán”, parece que
la cosa va un poco más en serio, aunque no sé si, al final, tendrá
que hincar la rodilla y ceder, como le ha sucedido con la reforma
del sistema sanitario que pretendía y es que, al fin y al cabo, se
bate contra los mismos poderes. De hecho ya empiezan a ponerlo
contra las cuerdas en el Foro de Davos.
Para el
prestigioso economista neokeynesiano y Premio Nobel Joseph Stiglitz,
la caída del sistema financiero enraizado en Wall Street vendría a
tener para el capitalismo el mismo significado que la caída del Muro
de Berlín para el comunismo. La paradoja sería que esta profunda
transformación viniese desde las propias entrañas de EEUU y de un
presidente al que por aquí no se le considera ni socialdemócrata y
que, además de anunciar una guerra frontal, ha planteado trocear a
los grandes bancos- “ los contribuyentes norteamericanos nunca más
serán rehenes de un banco demasiado grande para caer”-; obligarles a
pagar un impuesto para hacer frente a los recursos públicos
utilizados para su rescate; limitar el sueldo de sus ejecutivos y
prohibirles tener fondos especulativos y capitales de riesgo, entre
otras medidas que iremos conociendo.
Y mientras Obama plantea una medida revolucionaria, a Europa la
coge con el pié cambiado, como casi siempre, y pasa de una
timorata alabanza a la decisión, pero descartando imitarla, a un
apoyo más decidido, proponiendo su discusión en la próxima reunión
del G-20, aunque dejando claro siempre, eso sí, que aquí no estamos
tal mal, que los bancos europeos son más santitos y que no se
merecen el infierno sino como mucho el purgatorio.
Menos en
España, donde la banca, la misma que acaba de demandar una ayuda
urgente ante los impagos de las inmobiliarias a las que potenciaron
hasta el infinito, a lo sumo se merece el limbo y desde luego nunca
la contundencia de Obama sino “recetas propias” como afirmó la
vicepresidenta Fernández de la Vega (no importa que a Sebastián se
le estuviese “agotando la paciencia” hace un año por la actitud de
los financieros). Por eso ese afán en crear grandes bancos –en
oposición a la tesis norteamericana- fagocitando a las cajas en una
operación ante la que Juan Ramón Quintás, presidente de la CECA,
afirmó: “usar la astucia del trilero para cambiar las cajas, no es
digno de una democracia”.
Sí señor, en
estos momentos son esas las intenciones, potenciar a la banca frente
a unas entidades de ahorro profundamente ligadas al desarrollo
local, al ahorro familiar –si bien algunas han traspasado la
frontera y actuado como bancos pura y duramente- y al sostenimiento
de una obra social que devuelve a la comunidad una parte importante
de la gestión de sus ahorros.
A lo mejor es
una utopía, pero viendo lo que nos ha traído esta globalización
carroñera, quizás sea la hora de abrir las puertas a iniciativas más
cercanas como las instituciones de microfinanciación (MFI) o la
banca ética.
La
microfinanciación se ha convertido en un instrumento extraordinario
para millones de seres humanos que viven en la más absoluta de las
pobrezas, muchísimos de ellos subsistiendo con apenas un euro al
día. Experiencias como las del Grameen Bank, Premio Nobel de la Paz
en 2006, Nantik Lum (Madre tierra), con gente de OHL o Telefónica en
su patronato, o Microbank de la Caixa, entre otras muchas, se han
convertido en la demostración palpable de que con un préstamo de 50
o 100 euros se pueden crear pequeñas empresas que garantizan la
supervivencia de numerosas familias.
La banca ética
es otra cosa, aunque en ella se englobe también la filosofía de la
microfinanciación. Se trata de entidades bancarias sometidas al
control de los bancos centrales de cada país, que actúan bajo
criterios sociales ajenos a la especulación. Surgida en los años
veinte, en el seno de la Iglesia Metodista, que pretendía evitar así
que su dinero fuera a parar al juego o al alcohol, derivó
posteriormente en una entidad financiera al uso cuyos objetivos son
únicamente sociales y medioambientales, descartando cualquier
inversión en capitales ligados a las drogas, las armas, la
explotación laboral, la destrucción del medio ambiente… No le ha
afectado por esto el problema de los activos tóxicos, trabajan en la
economía real y transparentan de tal manera sus fondos que el
cliente decide en muchas ocasiones en que negocios se invierte su
dinero. En estos momentos existen alrededor de cuarenta bancas
éticas en Europa, donde destacan la Banca Popolare Ética italiana,
Oikocredit y Triodos Bank, con clientes en Holanda, de donde es
originaria, Bélgica, Reino Unido, Alemania y España, que ha crecido
un 13% en el 2009 y se le ha reconocido como Banco Sostenible del
Año.
Es una
demostración palpable de que las finanzas son compatibles con la
ética y el beneficio social y de que existen alternativas reales,
dignas de potenciar, al modelo imperante. Depende de Obama, sí, Del
Foro de Davos, también. Pero fundamentalmente depende de nosotros,
los ciudadanos, cuando elegimos con qué banco trabajar y a cuál
confiamos nuestros ahorros.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Obama tras anunciar sus intenciones
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