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Durante
los últimos meses no dejamos de escuchar a distintos padres (y
madres) de la patria llamándonos a realizar múltiples
sacrificios en el plano de los derechos sociales y de la
economía para contentar a los mercados. Así en repetidas
ocasiones José Luis Rodríguez Zapatero nos ha insistido en que
“si queremos reducir el déficit y mantener la fortaleza para la
recuperación económica tenemos que hacer sacrificios”. “Pido
esfuerzos y sacrificios”, es otra de sus letanías. También
Rubalcaba ha lanzado el mensaje de que “estamos pidiendo un
sacrificio a todos los ciudadanos, pero en especial a los
pensionistas y funcionarios, ya que tenemos que pagar las
pensiones del futuro y el subsidio del desempleo del mañana”. En
Cataluña, Montilla ha clamado por pedir “sacrificios a los
asalariados y coraje a los empresarios” y en Madrid, Esperanza
Aguirre ha dicho recientemente que “es el momento que digamos a
los españoles que va a haber que hacer sacrificios, que la
fiesta se ha terminado, que no somos un país rico”. Como podrán
observar, todos (y todas) coinciden en pedir a la ciudadanía que
se apriete el cinturón, pero sólo a una parte de la ciudadanía
ya que por lo que se ve, hay algunos (y algunas) que no se dan
por enterados.
Y hago esta
afirmación porque mientras andamos haciendo recortes por todos
lados resulta que hace unos días los medios de comunicación nos
vendieron un cuento de hadas sueco, de esos que perpetúan el
mensaje de los sueños fantásticos para evitarnos una realidad
mediocre. Pero no voy a entrar en el análisis de aquellos fastos
y de un presupuesto de casi tres millones de euros que pagan a
la mitad el Gobierno de Suecia y el papá de la princesa, sino
voy a centrarme en el papel de la Familia Real española en esa
boda a pesar de los difíciles momentos que vivimos.
Insisto, cuando todos andamos preocupados con el paro, la
pobreza, la disminución de los recursos, los recortes de
servicios públicos y de salarios, nos enteramos que la reina
Sofía, las infantas y los príncipes de Asturias, se trasladaron
a Estocolmo en tres aviones distintos (en un vuelo de Iberia
donde son considerados vip y no pagan y en dos Falcon 900
propiedad del Estado en los que un minuto de vuelo cuesta la
friolera de 83 euros). Lo curioso es que nadie haya puesto el
grito en el cielo como lo hacen cuando Zapatero utiliza uno de
estos aviones para trasladarse de un lugar a otro dentro del
país, a veces abusando, desde luego. Pero ahí no quedó la cosa:
durante todos los días de la ceremonia los medios de
comunicación nos restregaron por la cara todo el glamour de
nuestros representantes reales. De esta forma nos enteramos que
la reina iba vestida con un traje “espectacular”de Margarita
Nuez, que Elena y Cristina lo hacían con unos diseños de Lorenzo
Caprile (uno de ellos era el de la torerita que tanto llamó la
atención) y Leticia con un vestido de Felipe Varela en muselina
nude bordado con pétalos de geranio y rosas y miniclaveles en
tul del mismo color…
Cosas de
reyes si, pero que pagamos todos. Sí, pagamos todos esa
asignación de casi 9 millones euros que los Presupuestos del
Estado asignan cada año a la Casa Real, sin que ningún ciudadano
tenga derecho a saber en que se emplean; sin que sepamos a
cuánto asciende el sueldo de los hijos del rey y si se han
reducido sus salarios como el de todos los empleados públicos,
por ejemplo, aunque nos podemos hacer cargo de lo que cobran a
tenor de los trajes de diseño que exhiben o los zapatos que usa
la princesa de Asturias de unos tal Magrit o Armand Bassi y que
no bajan de los 300 euros por modelo.
Aunque todo
esto parece ser el chocolate del loro, porque, entre otras
cosas, por su afición a los coches, Juan Carlos de Borbón tiene
en estos momentos un parque móvil particular de al menos 71
vehículos que le obligan a tener a sesenta y cinco operarios
para atenderlos. Estamos hablando de coches carísimos como un
Rolls-Royce Phanton IV, un Audi A8 que le regaló Ferdinad Piech
o un Maybach 57S que le “prestó” Dieter Zetsche el presidente de
Chrysler, el mismo que le regaló un R56 a Felipe valorado en más
de 100.000 euros. También posee motos como la Harley Davidson
que le donó el millonario Forbes, entre otras, como nos señalan
Daniel Forcada y Federico Quevedo en su libro “El negocio del
poder. Así viven los políticos con nuestro dinero”.
Lo mismo pasa
con el yate Fortuna que le fue regalado por Juan José Hidalgo (Air
Europa), Gonzalo Pascual (Spanair), Miguel Fluxá (Viajes iberia-Camper),
Gabriel Escarrer (Sol- Meliá) y Carmen Matutes, entre otros,
cuyo cuidado cuesta lo que su propio nombre indica y que usa en
exclusiva, aunque lo ha cedido a Patrimonio del Estado que es
quien lo costea.
Pero claro, no
todos los gastos están incluidos en esos 8,9 millones de euros
que le asignan los presupuestos y que este año sólo se han
congelado. Todos los gastos de seguridad corren aparte, a cuenta
de los Presupuestos del Estado, y lo mismo sucede con el
mantenimiento y el agua y la luz de todos los palacios que
utilizan los reyes y los príncipes donde entran también algunas
autonomías: el complejo de la Zarzuela, en el que se construyó
con fondos públicos por 4,2 millones de euros, en 2002, el
palacete de Felipe; el complejo de Marivent; los Reales
Alcázares de Sevilla; el Palacio de Albéniz, en Barcelona o el
Pazo de Mariñán en A Coruña. Por otra parte, todos los viajes
oficiales de la Familia Real son costeados por el Estado, al
igual que las cenas de gala, los 135 funcionarios de la Casa
Real o el coste de los vehículos oficiales… Para más INRI el
Gobierno acaba de sacar a concurso por un total de 305.000 euros
el cuidado, la limpieza y alimentación de los 17 caballos de la
Casa Real que se utilizan, entre otras cosas, para la recepción
de los embajadores.
Como podrán
comprobar no se trata precisamente de austeridad y sacrificio
como el que se le pide a la ciudadanía. Me parece absolutamente
imprescindible que la más alta representación del Estado
transmita, ahora más que nunca, cercanía, confianza y una
actuación ejemplar. Se trata, además, de profundizar en la
transparencia y en los valores de igualdad. Como dice Gaspar
Llamazares “No es cuestión de ideologías, de republicanos o
monárquicos, sino de calidad democrática”.
Y como empecé
con un cuento de hadas, déjenme terminar con un fragmento de
otro de los Hermanos Grimm: “Pobreza y humildad llevan al
cielo”. El príncipe, sale a la calle y le pregunta a un hombre
mayor “¿cómo puedo llegar al cielo?”, a lo que éste le responde:
“con pobreza y humildad. Póngase mi ropa harapienta, deambule
por el mundo durante siete años, y llegue a conocer como es la
miseria, no tome ningún dinero, pero si llega a sentirse
hambriento, pida a corazones compasivos un poco de pan; de esta
manera tendrá a su alcance el cielo”. Pues eso. |