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Antonio Morales Méndez (*)
Desde
distintos ámbitos de opinión de la sociedad española se viene
insistiendo en los últimos años en señalar la enorme y peligrosa
separación que se está produciendo entre la política, los políticos
y el común de los ciudadanos. Los resultados de las últimas
elecciones al Parlamento europeo son la demostración palmaria de que
los partidos políticos, sus representantes y los medios de
comunicación -que se retroalimentan, en una especie de pacto tácito
de jugar con las cartas marcadas- avanzan por una senda, y las
preocupaciones e inquietudes de los hombres y mujeres de este país
por otra.
Cada día que pasa, esta
democracia, surgida desde la lucha heroica contra una dictadura
brutal, profundiza en enormes déficit que cuestionan
considerablemente los valores inherentes al sistema y que producen
el hastío, la indiferencia y el rechazo de la ciudadanía. La
corrupción en los ámbitos del poder, el desgobierno judicial, el
funcionamiento antidemocrático de los partidos políticos, las
debilidades de los gobiernos de turno frente a los grandes poderes
económicos, el control de los poderes del Estado por parte del
Ejecutivo, la pasividad de los sindicatos en la defensa de los
derechos de los trabajadores…son algunos de los elementos
definitorios de esta situación de cabreo y desidia que se ha
adueñado del sentir colectivo.
Frente a una durísima crisis
económica que está propiciando terribles injusticias y desigualdades
sociales, los grandes partidos políticos, lejos de perseguir el
consenso y el diálogo para alcanzar soluciones y alternativas, nos
trasladan cada día una política de enfrentamientos y
descalificaciones que sólo intenta conseguir réditos personales y
cuotas electorales, al margen de la sagrada obligación de la defensa
del interés general.
El pasado proceso electoral a
las elecciones europeas, lejos de propiciar espacios para el debate
sobre alternativas económicas y sociales a la crisis, desde un lugar
que condiciona extraordinariamente nuestro futuro, se convirtió en
más de lo mismo. La campaña no fue más allá de un remedo de una
escenificación teatral entre dos señores que no eran candidatos pero
que precisaban de este juego mediático para mantener sus posiciones
en este tablero de ajedrez donde los peones cada vez cuentan menos.
Y sucedió lo que sucedió el domingo día siete cuando más de veinte
millones de ciudadanos españoles optaron por quedarse en sus casas
haciendo dejación expresa de su derecho al voto. Así, apenas un 46%-
en Canarias no llegó a un 41%- de los electores españoles se
acercaron a las urnas, en una demostración contundente de desprecio
a lo que se les ofrece y a lo que está sucediendo en este país,
aunque quede muy bien justificarlo con el poco interés que despierta
Europa. Así, resultó ganador un partido con apenas un 42% de los
votos del 46% participante, es decir con apenas seis millones de
votos frente a un total de treinta y cinco millones y medio de
teóricos votantes. ¿Puede alguien sentirse orgulloso de haber ganado
con sólo el 18 % del total del censo electoral?
Pues bien, a pesar de todo ello
y en vez de saltar las alarmas y escuchar el aviso clamoroso de los
ciudadanos, el mecanismo de la superficialidad se volvió a activar
con toda su virulencia. En vez de una reflexión seria ante lo que
está sucediendo nos encontramos de nuevo con el circo mediático de
las descalificaciones, las “victorias contundentes”, los “mejores
resultados de un partido socialista europeo” y, como clava
perfectamente El Roto en El País, ahora a preparar las siguientes
elecciones. Quizás por eso ya empiezan a hablar de cuestiones de
confianza o mociones de censura.
No he escuchado a ningún
dirigente realizar un análisis y menos una autocrítica sobre su
parte de culpa en el pasotismo ciudadano frente a Europa y las
urnas, en una deriva peligrosa hacia el desapego de lo público. Se
ha pasado como de puntillas sobre el apoyo contundente de una parte
del electorado a los políticos salpicados por los casos de
corrupción de Madrid o Valencia o Canarias; es más, el propio
presidente del PP en Castellón, Carlos Fabra, se atreve a afirmar
que a la gente no le preocupa que él o Camps sean culpables y
efectivamente debe ser así para una gran parte de sus
incondicionales, algo a lo que no somos ajenos también aquí por
estos predios. No se ha valorado en su justa dimensión la peligrosa
y visible arribada, desde Holanda, Austria o Finlandia, de la
extrema derecha al Parlamento europeo, algo que se repite cada vez
que este continente atraviesa por situaciones de crisis como la que
vivimos y que han provocado dolorosísimas y terribles experiencias…
No he visto a nadie pararse a
pensar sobre los resultados del último Barómetro Global de la
Corrupción de Transparencia Internacional que señala que, para los
ciudadanos españoles, los partidos políticos son la institución más
corrupta, con un grado de 3,6 en una escala entre 1 y 5. En este
contexto ¿no está justificada la abstención?
Estamos a tiempo. No puede ser
que veinte millones de ciudadanos se escondan en su casa
despotricando de la democracia y sus instituciones y dejen los
espacios democráticos para los que alientan y alimentan prácticas
políticas alienantes y desmovilizadoras, instrumentalizadas desde
los círculos opacos del poder económico. Es preciso insistir en los
valores democráticos que garanticen la independencia del Estado y
sus poderes, en la presencia activa de la sociedad en la búsqueda de
alternativas a un sistema obsoleto y depredador. Vuelvo a insistir
en ello, no podemos seguir alimentando el jueguito de la lucha de
los partidos para alcanzar el poder por el poder. Se trata de algo
mucho más serio. Nos estamos jugando mucho.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: ¡A las urnas!
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