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Antonio Morales Méndez (*)
A pesar del
discurso profundamente reaccionario de los negacionistas del cambio
climático, entre los que José María Aznar y Václav Klaus juegan un
papel preeminente, está cada vez más aceptado por la comunidad
científica internacional, la ONU y el conjunto de la sociedad que es
absolutamente necesaria una transformación profunda en el modelo
económico y en el energético, a nivel planetario, para evitar el
deterioro irreversible de la Tierra en unos pocos años, se habla de
menos de veinte.
Según el
Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) si no andamos
diligentes en la reducción de emisiones, el calentamiento del
planeta se duplicará en las dos próximas décadas, lo que provocará
la extinción masiva de especies; la escasez de agua pasará de
afectar a decenas de millones a miles de millones de personas; la
capacidad de producción de alimentos se reducirá enormemente en las
zonas más pobres del mundo, lo que aumentará las hambrunas y la
miseria; a la sequía y el hambre se sumarán multitudinarias
migraciones y deslocalizaciones humanas en África y otros
continentes; la pérdida de glaciares en Asia, Latinoamérica y Europa
provocará graves problemas de suministro de agua al tiempo que
terribles inundaciones; el aumento del nivel del mar, propiciará una
gran alteración de los litorales y las tormentas, huracanes y las
inundaciones de los ríos causarán enormes daños y pondrán a millones
de personas en peligro; el aumento de epidemias, pandemias, el
traslado de enfermedades tropicales hacia otros lugares del planeta
y la fragilidad alimentaria tendrán como consecuencia una importante
quiebra en la salud de millones de seres humanos.
Para el Protocolo de
Kioto la reducción de los gases de efecto invernadero es un objetivo
imprescindible a corto plazo para frenar el cambio climático. Los
expertos mundiales coinciden en demandar un modelo energético
distinto que pase por el ahorro, la eficiencia y la diversificación
sustentada en la potenciación de las energías renovables y limpias
(eólica, solar, mareomotriz, geotérmica, hidráulica...) y en el
abandono del uso de los combustibles fósiles (fuel, carbón y gas).
En España, en los últimos
años se ha avanzado en la búsqueda de alternativas al modelo
energético tradicional. Así, se ha alcanzado un porcentaje de
producción de energía renovable en torno a un 20% de media, llegando
en algunas comunidades, como la Navarra, a un 70%.
Mientras esto sucede, en
Canarias apenas nos situamos en un 4%. Ya hemos denunciado en
numerosas ocasiones que la dejación, la inacción y la corrupción han
hecho posible que hoy ocupemos el vagón de cola español en la
producción de renovables. Si en la eólica llevamos años esperando
porque se adjudique un primer concurso de distribución de potencia;
si en las otras alternativas renovables alcanzamos un cero patatero
en producción, incentivación e investigación, en la energía solar,
-aquí, en uno de los territorios mundiales con mayor número de horas
de insolación-, la falta de ayudas, la maraña de leyes y de
obstáculos administrativos insalvables debido a la escasez de medios
y el ejercicio de los monopolios empresariales más brutales, han
propiciado el más grande de los desprecios y abandonos.
Aprovechando que la
Mancomunidad del Sureste acaba de celebrar su Feria del Sol anual,
permítanme que comparta con ustedes algunos datos sobre la energía
solar que deberían hacernos reflexionar y obligarnos a pasar del
cabreo a la acción reivindicatoria de un nuevo modelo energético
para Canarias que, como ustedes conocen sobradamente, pretenden
sustentar sobre el gas y el negocio de unos pocos.
Para el profesor José
Ignacio Pérez Arriaga “la energía solar tiene un potencial teórico
inmenso, pues la cantidad de radiación solar interceptada por la
tierra es cerca de 9.000 veces mayor que el consumo actual de
energía” y apunta como tecnologías más viables las de calor solar
de baja temperatura para uso residencial, las plantas solares de
alta temperatura para generación de electricidad y la generación
fotovoltaica de electricidad.
En el último informe de
la Asociación de Industrias Fotovoltaicas (ASIP), se señala que la
inversión global captada por la tecnología fotovoltaica española fue
superior a los 5.000 millones de euros y que, en su conjunto, emplea
a casi 27.000 trabajadores, lo que ha convertido a España en el
segundo mercado mundial.
A principios de este año
se habían instalado en este país 1.598.876 m2 de instalaciones
solares térmicas, desde un sector constituido por 1.300 empresas y
35 fabricantes con capacidad para fabricar 2 millones de metros
cuadrados anuales, con una facturación de 260 millones de euros al
año y casi 11.000 trabajadores.
La potencia fotovoltaica instalada en España es de 2.973 MWp
(megavatios pico), lo que ha superado en siete veces los 400 MWp
previstos para el 2010. Mientras, en Canarias apenas llegamos a los
6,28 MWp.
En la comarca del Sureste
el número de horas equivalentes para la producción de energía solar
es de 1.750, una vez deducidas todas las pérdidas de generación. Si
dividimos la potencia total generada en Gran Canaria por los medios
convencionales -según los últimos datos de la memoria de 2006 del
Gobierno canario es de 3.779.859 MW-h- entre las 1.750 horas
citadas, nos saldría un parque de energía fotovoltaica de 2.160 MWp,
casi toda la potencia que tiene España instalada actualmente. Este
parque ocuparía unos 15.000 m2 por MWp, es decir, un total de 3.240
Ha, que como hemos dicho en otras ocasiones podrían ocupar las
cubiertas de las naves industriales, techos de aparcamientos,
espacios junto a los aerogeneradores, suelos no aprovechables...
Llegados a este punto,
¿qué impide que esto sea una realidad? Les voy poner un ejemplo.
En estos momentos la
Entidad de Conservación del Polígono Industrial de Arinaga (Ecoaga),
constituida por los propietarios del suelo y por el Ayuntamiento de
Agüimes, tiene previsto instalar, en los aparcamientos de esta zona
industrial, un parque de nueve megavatios, a los que se suma, hasta
alcanzar 16 MW, los 7MW concedidos a distintos empresarios a título
particular. Con todas las autorizaciones en sus manos el enganche a
la red de la energía producida se hace imposible porque, para que lo
fuera, Unelco-Endesa les impone tres alternativas de distribución
de la energía que pasan porque paguen estos empresarios casi tres
millones de euros, en el primer supuesto, para ampliar la potencia
de la subestación de Carrizal; seis millones de euros, en el segundo
supuesto, para conseguir un transformador privado, supeditado a la
aprobación de Unelco ó, finalmente, 12 millones de euros para una
nueva subestación que no podría estar terminada antes de entre dos y
cuatro años, todo ello sin tener en cuenta que durante el día se
genera energía que favorece a los transformadores existentes, lo que
disminuye las perdidas y beneficia al propietario de la red.
No sólo es que no se haya
hecho la tarea y que no tengamos ni medios ni estaciones ni
subestaciones adecuadas ni posibilidades de almacenamiento de la
energía que se genere, se trata también de frenar la implantación de
energía por quien sustenta el monopolio. Mientras, los que tienen
que velar para romper con las cifras que nos sitúan a la cola de
producción renovable, mirando para los celajes. Así nos va.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: "Energías alternativas"
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