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Antonio Morales Méndez (*)
Durante las
primeras semanas de febrero asistíamos acongojados a la carrera
emprendida por trece municipios rurales españoles para hacerse con
el cementerio nuclear (Almacén Temporal Centralizado) previsto por
el Gobierno. La mayoría de los ayuntamientos, de muy pocos
habitantes, desoyeron a sus partidos e incluso a sus propios
ciudadanos para optar a una concesión que les garantizara participar
en el reparto de unos 20 millones de euros anuales -ahora serán
treinta- entre alrededor de los setenta pueblos incluidos en la
Asociación de Municipios en Áreas Nucleares.
Se me antojaba
la misma imagen que la de los mendigos revolviendo en la basura para
subsistir.
Por esas mismas fechas nos hemos tropezado en los medios de
comunicación canarios con distintas noticias que profundizaban en la
precariedad de mundo rural grancanario y sus pobladores. Veíamos
cómo varios centenares de ganaderos y trabajadores de Sialsa se
manifestaban para evitar la desaparición de la empresa como
consecuencia de una operación especulativa realizada por el Cabildo
gobernado por el PP en la anterior legislatura. El presidente del
comité de empresa, Sergio Pérez, cifraba en cuatro mil las familias
afectadas por el cierre del servicio insular de abastecimiento de
leche. En Guayadeque, vecinos de distintos pagos reclamaban un
camino agroforestal que les permitiera acceder hasta sus viviendas
para “vivir con normalidad”, ya que cada día llevar a sus hijos
hasta la guagua del colegio, por ejemplo, les supone una hora de
ida y otra de vuelta caminando. Hace poco, en la entrega de premios
de una cata municipal de quesos, un ganadero de Tejeda premiado, hoy
con su ganadería en Telde, me contaba cómo lo “juliaron” de la
cumbre hace algunos años con zancadillas continuas a su actividad. Y
podría seguir añadiendo a este texto un caudal de ejemplos que
hablan de la marginación y el desprecio a nuestro mundo rural.
Quizás el paradigma de todo esto haya estado en estos últimos días
en la polémica generada en torno a la idea de implantar un
teleférico en el Roque Nublo. En una entrevista en el periódico La
Provincia, Rafael Cabrera, el ingeniero autor de la idea, señalaba
que su propuesta sacará a Tejeda del ostracismo, porque “el pueblo
se está despoblando y el teleférico puede convertirse en un gran
revulsivo para la actividad económica”. Tras salir este proyecto a
la luz pública, el aluvión de posiciones a favor y en contra ha
inundado los medios de comunicación, por supuesto que con el
consiguiente ataque visceral a los que plantean objeciones, a los
que se embarca, hasta la demonización, en una especie de
negacionismo a ultranza de cualquier forma de desarrollo. Los del no
a todo.
Quiero hacer constar que yo no tengo una opinión formada sobre esta
propuesta y me parece que siempre debe quedar un margen para el
debate y el contraste de opiniones legítimas de ciudadanos y
técnicos, pero me parece especialmente triste que siendo conscientes
del empobrecimiento y la falta de recursos de nuestro mundo rural,
no se nos ocurra nada más allá que la construcción de un funicular o
instalar cementerios nucleares para su salvación.
A principios del siglo XX la población rural en España alcanzaba el
75% y prácticamente en su totalidad se dedicaba a la agricultura. En
la actualidad esta población se ha reducido a un 25% y sólo un 4% de
los españoles sigue en el sector, preservando miles de pequeños
pueblos y la existencia del mundo rural. El abandono del campo en
los últimos años ha sido masivo, propiciándose un éxodo que ha
generado en muchos casos situaciones extremas de falta de
integración y cohesión social.
Según el profesor Luis Camarero, autor del informe “La población
rural de España” editado por La Caixa, los municipios de menos de
10.000 habitantes sufren un peligroso envejecimiento –el 15% es
mayor de 70 años- que hace que alrededor de 750.000 personas vivan
en situación de dependencia, incapaces de valerse por si mismos o de
desplazarse fuera de su domicilio, y padecen igualmente un proceso
de masculinización ya que hay 80 mujeres por cada cien hombres.
También cita el autor el informe “Pobreza y Exclusión Social en
Áreas Rurales” de la Comisión Europea, que señala cuatro factores
que retroalimentan la pobreza en las áreas rurales: demografía,
aislamiento, educación y mercados de trabajo.
En Canarias las cifras andan por los mismos derroteros. Marginación,
aislamiento sanitario, educativo y asistencial, envejecimiento,
falta y encarecimiento del agua, maraña de leyes que los han
obligado a recluirse en reservas improductivas, falta de redes de
comercialización, etc, son algunas de las constantes de los últimos
años.
Para la COAG es imprescindible crear redes que avancen en la
creación de un “modelo social de agricultura”, conformado por
hombres y mujeres que trabajen de forma directa y personalmente sus
explotaciones; que garanticen una rentabilidad y estabilidad a sus
titulares y unas condiciones justas, convirtiéndolo en un modelo
generador de empleo, vertebrador del territorio, productor de
alimentos de calidad y respetuoso e integrado en el medio ambiente.
Según el experto y asesor del ministerio de Agricultura Jaime
Izquierdo “en el futuro si queremos conservar el paisaje y la
diversidad, y lo que llamamos naturaleza, debemos activar las
culturas campesinas”.
Mantener nuestra agricultura y ganadería tradicionales, como he
escrito en otras ocasiones y como han señalado expertos y miembros
de la plataforma rural de apoyo a las organizaciones agrarias, es
cultivar, elaborar y transformar los alimentos sin deteriorar los
ecosistemas; es hacer posible una práctica agroecológica que haga
compatible la actividad con la conservación de los suelos, la
diversidad paisajística, la prevención de incendios, el reciclado de
los residuos orgánicos y la gestión de las plagas y enfermedades; es
mantener las semillas y las razas autóctonas; es volver a dar vida
a nuestros campos y a nuestros pueblos y recuperar así territorios
abandonados, nuestro patrimonio arquitectónico y cultural y
preservar nuestra identidad .
La FAO recomienda que cada región produzca el 60% de la comida que
necesita, y en Canarias apenas llegamos a un 4%. Nuestra
subordinación al exterior por el abandono del campo es absoluta.
Dependemos de una industria de la alimentación intensiva,
deslocalizada, con escasos controles sanitarios y medioambientales,
que explota a miles de personas como mano de obra barata, y
dependemos de las grandes cadenas de distribución que han abierto
enormes abismos de desigualdades entre los seres humanos ya que como
señala Gustavo Duch, 1.020 millones de personas padecen hambre;
1.000 millones soportan una alimentación deficiente en
micronutrientes y 1.300 millones presentan malnutrición con síntomas
de obesidad y sobrepeso.
El cambio climático, la crisis económica, y la falta de seguridad
alimentaria debida al control de los mercados por las grandes
multinacionales deben servirnos para hacernos reflexionar y volver a
pensar, como señalan especialistas europeos y de la ONU, que una
gran parte de la solución está en recuperar nuestro mundo rural, en
la pequeña agricultura y ganadería, la mejor garantía para asegurar
la producción de alimentos. Desde luego todo esto no se consigue
sólo con un funicular. Habrá que volver la vista al campo, pero no
sólo como un lugar de ocio.
(*) Antonio Morales es Alcalde de Agüimes.
Imagen: Mendigos hurgando en la basura
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