Pasividad y mal social

Estaban esperando a que terminara el proceso electoral para dar rienda suelta a la rabia contenida ante el, para ellos, insoportable espectáculo de miles de personas exigiendo más y mejor  democracia. Después del día 22 de mayo, un día sí y otro también los medios de comunicación más reaccionarios, en connivencia con la derecha más intransigente, no han dejado de jalear a los gobiernos de turno para que vayan a por las personas concentradas pacífica y constructivamente en las plazas españolas. Pretenden que se anule, de manera tajante, la presencia de los 15-M y Democracia Real. La estrategia parecía estar perfectamente calculada: con la excusa de limpiar la plaza de Sant Jaume en Barcelona, la Generalitat de Cataluña no dudó en sacar pecho y utilizar toda la contundencia policial para desalojarlos, ante la perplejidad de unos jóvenes que sólo recordaban esas imágenes en el blanco y negro de la Dictadura; en Madrid al día siguiente -¡cómo iba ella a ser menos!- Esperanza Aguirre presionaba a Rubalcaba para que desalojara la Puerta del Sol y su consejero de Interior clamaba contra una gente que tiene  secuestrada a una ciudad “sin saber lo que reivindican”; los comerciantes de Sol iniciaban por su parte una campaña para que se les echara con el argumento de que les estaban produciendo enormes pérdidas; de la  misma manera se han expresado catedráticos, ex miembros del Tribunal Constitucional y otros bienpensantes conservadores, exigiendo el cumplimiento de las leyes y, por lo tanto, el desalojo, “empleándose la fuerza si es preciso”;  al tiempo que se manifiesta cada día “el fanatismo de los indiferentes” (Chesterton), incluso el ministro de Interior del Gobierno español ha estado pensándose una actuación contundente Es verdad que no se pueden estar ocupando las plazas todo el tiempo, pero que pena que no se hayan hecho declaraciones en el mismo sentido  contra los embates de los mercados.  ¡Que curioso! mientras aquí se salta a la yugular de los ciudadanos, el G-8 anuncia un espaldarazo económico a la “primavera árabe”, ahora que parece controlada.  

 

            Desde otras posiciones más progresistas no faltan quienes coinciden con el consejero madrileño Francisco Granados en señalar la falta de concreción de las propuestas de estos movimientos ciudadanos y el peligro de su sistema asambleario fácilmente manipulable. También desde este ámbito algunas voces inciden en la falta de ideología de los que defienden una regeneración democrática y apuntan que esta insurgencia no se habría producido si viviéramos todavía en la bonanza económica de hace unos años.

 

             Y puede que tengan alguna razón en remarcar los riesgos de manipulación de una propuesta asamblearia si no actúan con rigor, que no es el caso porque lo están haciendo con solidez y desde el consenso. De igual manera podrían tenerla cuando dicen que su ideología es plural, dispersa y acaso no protagonista principal de la historia y también en que la necesidad ha incentivado la revuelta pacífica de miles de hombres y mujeres de este país, pero lo que no pueden justificar de ninguna manera es que no existan propuestas firmes y reales sobre la mesa del debate  y las demandas.

 

            Nadie puede cuestionar, porque faltaría con rotundidad a la verdad, que del seno de este movimiento han salido y siguen saliendo propuestas profunda y radicalmente democráticas (en la acepción más genuina del término) que hablan de equidad, de igualdad, de defensa de lo público, de lucha contra la corrupción aceptada y enquistada en el sistema, de acabar con el sometimiento de las instituciones a los mercados, de mayores controles sobre la política y los políticos y de los privilegios a los que se tienden cuando se adoptan posiciones de casta, de rebeldía contra la acomodación  de los sindicatos, de mayores medidas de protección para los parados, de incentivación para la creación de empleo, de cancelación de las hipotecas cuando se entregan las viviendas a los bancos, de mejoras en la educación y la investigación, de servicios sociales cercanos potentes, de ayudas a la movilidad, de mejores controles y mayores impuestos a la banca, de desaparición de las SICAV, de más impuestos para los que más tienen, de más control sobre el fraude fiscal, de acabar con la fuga de capitales y los paraísos fiscales, de adopción de la tasa Tobin, de propiciar referéndums para las grandes decisiones, de modificación de la Ley electoral, de exigir la independencia del Poder Judicial y la democracia de los partidos, de reducir el gasto militar, de eliminar el Senado por innecesario, prescindible y costoso, etc.  Y lo han hecho en tres días, frente a la incapacidad de gobierno y oposición de aportar alternativas a lo que está sucediendo. Y lo han expuesto con absoluta claridad frente a la miopía irresponsable de la mayoría de los grandes partidos políticos. Y estoy hablando de jóvenes que se niegan a ser una generación perdida, de gente preparada que busca una regeneración formal y ética  de esta democracia. 

 

            Nadie puede cuestionar, porque faltaría a la verdad, que estamos ante un movimiento de republicanismo cívico (de pura raíz ciudadanista) que democratiza el espacio público y que como señala Miguel ángel Domenech “es una concepción de la vida política que preconiza un orden democrático dependiente de la responsabilidad política de los ciudadanos”. Se trata de potenciar y dignificar la democracia y de eso ningún pueblo puede desertar, como tampoco puede dejarse “arrastrar a una renuncia general a la acción” (Alain Touraine) y asumir “el respeto cobarde de los hechos” (Chesterton)

 

El Estado no puede ni debe constreñir la participación ciudadana ni las iniciativas populares que emanan del seno de una sociedad comprometida, que demanda una exigencia ética en la gestión de lo público. La democracia no puede permitirse el lujo de renunciar a ninguno de sus hijos y hoy son muchos, muchísimos, los que no se sienten representados en ella.

 

Hace unas semanas escribí una trilogía en este mismo medio al hilo de la lectura de textos de Tony Judt, Aurelio Arteta y Josep Ramoneda. En todos existía un denominador común: se hacía una llamada a la movilización ciudadana.  Tony Judt (Algo va mal. Taurus) nos dice que  si pensamos que algo va mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento y no se trata de interpretar el mundo como han hecho los filósofos de diversas formas, sino de transformarlo. Ramoneda (Contra la indiferencia. Círculo de lectores) nos habla de que “solo convirtiendo la irritación en indignación y ésta en política podría romperse la espiral de la indiferencia” y Arteta (Mal consentido. Alianza editorial) comenta que la pasividad tiene como producto el crecimiento del mal social, que debemos dejar de lado la “ciudadanía de omisión” y que debemos desoír “la manida réplica de que ya todo da igual, que se trata de un quehacer inútil porque los acontecimientos ya no tienen vuelta atrás. No es inútil si aprendemos y nos disponemos a preparar un futuro que en lo posible acoja lo mejor de lo que pudo y debió ser”.  Jordi Soler apuntaba hace unos días en El País que a esta sociedad “de impecable corrección” le faltaba “la gente que disiente, la que reflexiona por sí misma, la que cuestiona lo que dice la mayoría y duda del pensamiento único”. Mayor Zaragoza dice que es el momento de “los pueblos” como dice el Preámbulo de la Carta de la Naciones Unidas: “se trata de hacer realidad mañana lo que hoy se empeñan en hacernos creer que es imposible”.

 

Ahora solo hace falta que estas voces que rompen el sonido de los silencios cómplices alcancen la meta de la regeneración política  y  la democracia real, y que,  más nos vale, no caigan en el saco roto de los que, cómodamente instalados, piensan que no sólo se han adueñado de la política sino también del sentir colectivo.  

 

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